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Una vuelta más a la órbita de la Tierra

  • Foto del escritor: María Lourdes Manrique
    María Lourdes Manrique
  • 25 dic 2023
  • 5 Min. de lectura

Hay algo que me fascina acerca del final de año y la proliferación de buenos deseos que se da después de alrededor trecientos sesenta y pico días. Los saludos de "felices fiestas" o "felicidades" que aparecen al terminar una conversación o cerrar un mail traen un espíritu colectivo que no se vuelve a repetir en ninguna época del año. Y si sos argentino, se agrega el aniversario de la tercera copa del mundo así que el recuerdo de esa alegría también va permeando en el día a día.


Diciembre trae, además, el caos de sentir que tenes que hacer todos los pendientes que no hiciste durante los once meses previos. Ya sean estudios médicos, o hacer un trámite que te prometiste en febrero que lo ibas a hacer este año. Todas las fechas límites de entregas también se acumulan en estos treinta días: la tierra está a punto de volver al punto de su órbita donde empezó este ciclo y vos tenes que terminar en tiempo récord informes, monografías, trabajos finales y todo lo que se te ocurra. Arrastrar pendientes de un año para el otro no es una opción. Todo parece acelerarse, pero al mismo tiempo, todo pierde importancia. Hay un entendimiento implícito entre las personas que, si algo no se hizo antes de la Navidad, no se va a hacer en esos siete días entre fiestas.


Lo único que se puede planificar antes del brindis de las doce de la noche son vacaciones. Y de alguna forma la pregunta de “¿te vas a algún lado en el verano?” está presente en la mitad de las conversaciones que se dan, y la pregunta termina siendo casi tan banal como comentar sobre el tiempo. Además, por alguna razón, todos se quieren ver con todos, y día de por medio se propone una juntada de fin de año, como si el mundo terminase el 31 de diciembre.


También hay un cierto frenesí por comprar, y más específicamente por comprar regalos. Existen mil ofertas, mil opciones, mil formas de pago, y yo lo único que siento es ansiedad, porque soy de las personas que se le ocurren cosas copadas para comprarle a la gente justo cuando no es Navidad. Además, nunca logro organizarme lo suficiente para que comprar numerosos regalos al mismo tiempo no me generen una micro crisis económica. Por suerte los tiempos modernos nos han dado la alternativa del amigo invisible para que cada uno compre y solo tenga que pensar en un regalo.


Al mismo tiempo es un momento donde una se siente más generosa, y el mail de Caritas o la Cruz Roja pidiéndote donaciones te conmueve más que en otro mes y terminas donando para poder emparchar, un poco, la culpa de no haberlo hecho antes. Por alguna extraña razón, también te encontras con tiempo, y lo suficientemente sensibilizada, para escribirle cartas para Navidad a personas de tercera edad que viven en otro continente que, supuestamente, nadie las va a visitar al geriátrico en donde están.


Se agrega una cierta mística generada por el cambio en el clima. La primavera va llegando a su fin dejando altas temperaturas durante el día y noches frescas, y le va dando paso al principio del verano. Y ya esa sola palabra - verano - genera mil millones de cosas distintas en las diferentes personas. En el hemisferio sur los días son largos, pero empiezan, muy lentamente, a hacerse más cortos al terminar diciembre. Ocurre un efecto bien particular en el cual las personas sienten más ganas de estar afuera, y de volver a la cueva más tarde, ya que las temperaturas son ideales para hacer actividades al aire libre, pero mientras eso sucede, la Tierra ya empezó el camino hacia el otoño y nos va sacando minutos de luz sin que nos demos cuenta.


Se organizan de forma religiosa y categórica las cenas familiares. Cada una de ellas tiene su propia forma, color y aroma. Cada una de ellas tiene su propio caos y su propia tranquilidad. En mi imaginario la clásica cena incluye algún abuelo o abuela, tíos, primos, hermanos, y padres o madres. Mi reversión preferida de esa misma escena es que yo no esté relacionada por sangre con ninguna de esas personas. De esa forma, a esa clásica formación se le agrega "la amiga". Las anécdotas familiares históricas se cuentan igual, y un recuento de los momentos destacables del año aparecen entre los pedidos de "¿me pasas la ensalada?" o "¿quedó algún pedazo de pionono?". La espera de las doce siempre tarda más de lo que uno tenía pensado y no falta el que diga "yo dije que empezamos a cenar muy temprano". La mesa dulce y la búsqueda por la cantidad exacta de copas para brindar siempre ayudan a pasar el tiempo de tal forma que, por alguna extraña razón, se termina llegando, corriendo a abrir el champagne o la sidra. Pero al final de cuentas, comidas como las de las cenas de las fiestas no tienen competencia.


Y no podemos olvidar los balances de fin de año. Odiados por la mitad de la población mundial y amados por la otra. Miramos para atrás para ver qué pasó y cuánto de eso que nos propusimos en el último enero pudimos lograr. Nunca hay un 100% de efectividad, pero ¿sería la vida entretenida si consiguiéramos año a año todo lo que nos proponemos sin sorpresas? Capaz lo que más me gusta de ese balance no es solo ver que conseguí cosas que me propuse, pero ver también lo que me pasó sin que lo haya planificado.


Esa palabra no puede faltar en diciembre: planificación. Porque si se llega al final, pero sabemos que hay que volver a empezar, ese nuevo comienzo hay que ordenarlo ¿o no? Comprar la agenda o cuaderno para el nuevo año, listar los objetivos, ordenar cómo vamos a cumplirlos, y las numerosas páginas limpias que se traducen en nuevas oportunidades. Las promesas de “este año va a ser diferente” se sienten más fuertes que nunca, aunque una parte nuestra sabe que en seis meses perderán su vigor. Pero que importante es tener esas promesas y esos objetivos, que al final de cuentas son como el combustible que se le pone a un auto que ya está en las últimas y necesita recorrer miles de kilómetros más. Esas zanahorias que nos ponemos allá adelante son las que nos recargan de energía de nuevo.


El mes doce es, sin dudas, único. Hay una sincronización de sensaciones, emociones y actividades que solamente la Tierra cumpliendo su ciclo puede lograrla. Es el momento de llegar a la línea de llegada y la última vez que se puede poner "es fin de año" como excusa a estar casado. Es apretar reset, es empezar a escuchar la música de los créditos cuando termina la película, es el último acto de la obra de teatro.


Y no puedo dejar de pensar en esa sensación universal de que cuando el planeta esté nuevamente en ese mismísimo lugar, en ese dónde todo arranca, uno tiene que estar limpio cual hoja en blanco, para poder volver a dibujar, escribir, y pintar momentos, conversaciones, y recuerdos que en un par de vueltas a la órbita más, vamos a olvidar.


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