top of page

México nunca estuvo tan cerca - 3

  • Foto del escritor: María Lourdes Manrique
    María Lourdes Manrique
  • 16 feb 2025
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 2 mar 2025

--Lautaro


La luz del sol entraba de forma tenue a través de las persianas, bañando el cuarto de naranja. Solo escuchaba el sonido de las teclas y del ventilador de techo, que estaba girando desde temprano. Miré para arriba. ¿En algún momento se va a fundir el motor? Me levanté a recargar la botella de agua y sin darme cuenta agarré el celular. Tenía una llamada perdida de mi hermana y un mensaje pidiéndome que la llame en cuanto pueda. El mensaje tenía unas dos horas y no tenía un mensaje de mi mamá pidiéndome lo mismo. Deduje que no era importante y volví al escritorio mientras miraba Instagram distraídamente, sin prestarle atención a lo que aparecía en la pantalla. De alguna forma, si bien el algoritmo le acertaba a mis gustos, había algo del contenido masivo y descartable que no conseguía atraparme.


Cuando me senté, la computadora me mostraba un chat con una compañera de la oficina. Las soluciones tardaban más en concretarse de lo que los problemas tardaban en llegar. La pila de pendientes nunca se reducía, solo aumentaba. Eran casi las cinco de la tarde, pero sabía que iba a tener que trabajar hasta más tarde. Decidí ponerme algo de música para que no se haga tan pesado y terminé inmerso en la aplicación por más de diez minutos tratando de encontrar una playlist que me convenciera y cumpliera con todos los requisitos: que no me aturda, que no me haga querer bailar, que no me duerma, que me relaje y me deje concentrarme. La duda siempre era la misma: ¿si leo en castellano, puedo escuchar música en castellano al mismo tiempo?

Redacté unos cinco mails, corregí dos planillas, empecé a leer tres informes, pero no terminé ninguna de las tareas, y la playlist ya estaba por terminar. Me levanté a recargar la botella, o a preparar un mate, y escuché la puerta del departamento. Eso quería decir que ya eran las siete de la tarde, capaz las siete y media, y que en las próximas horas iba a costarme aún más concéntrame.


Santi me saludó cuando entró a la cocina y lo primero que me dijo fue que me veía pálido “¿Comiste algo?”. Le respondí que sí, pero que seguía sin poder dormir bien. “Seguro es eso” le dije minimizando, esquivando el tema. Hace un par de semanas que todos me comentaban algo sobre mi aspecto. Al menos Santi se dio cuenta de mi intención y no insistió, al contrario de lo que venía haciendo mi hermana cada dos días.


“¿Qué estas escuchando?”. Se escuchaba una canción que no conocía y que no tenía nada que ver con la playlist que había puesto. Sin responderle, fuimos los dos hasta el escritorio como llamados por una sirena. Abrí Spotify y no conocía ni el nombre de la canción como tampoco de la artista. Santi agarró el mouse e hizo clic sobre el nombre de la cantante, cuya voz sonaba acompañada solamente de un suave arpegio de guitarra, y apareció su foto en frente nuestro. Me la quedé mirando unos segundos, algo me resultaba familiar. “¿Es una actriz o modelo?” pregunté en voz alta, pero Santi no la ubicaba de ninguna parte y se aburrió rápidamente de la situación.


Mientras él se iba al living, yo me quedé leyendo la descripción de la artista. Puse otra canción de ella y leí su bio con más atención que con la que leí los informes del trabajo. Se llamaba Sofía, era argentina, oriunda de la Capital Federal, y tenía mí misma edad. En su perfil había un par de fotos más y la sensación de haberla visto me incomodaba más con cada minuto que pasaba, era como tener una palabra en la punta de la lengua y que no te salga. Incómodo, desesperante.


Me tiré para atrás en la silla, la cabeza mirando el techo: las aspas del ventilador girando de forma constante hacía más de ocho horas gracias a un motor que seguro estaba más quemado que mi cerebro, la pintura blanca con unas tímidas manchas de humedad, las telas de araña en las esquinas que nunca limpiamos. No sé cuánto tiempo me quedé así mientras escuchaba la voz de Sofía que me guiaba en historias de amor y desamor, de encuentro y pérdidas, y de inseguridades y aciertos. Eran historias que parecían reales o que al menos me hicieron preguntarme cuánto de ellas eran reales. Y entre verso y verso, canción y canción, me preguntaba por qué me sonaba conocida.


Santi interrumpió mi hilo de pensamientos - y la interrumpió a Sofía mientras contaba que se tendría que haber dado cuenta que él era el equivocado porque a las amigas no les caía bien – cuando entró a la habitación con olor a perfume, desodorante y capaz unos treinta productos más. “No podés salir así, vas a espantar a la gente” le dije bajando el volumen de la computadora. “Podemos, querrás decir. Acordate que vos también venís. ¿Te vas a cambiar o salís así?” Lo miré desconcertado, y tan desconcertado que su cara cambió rotundamente y salió por la puerta puteando sobre como yo siempre le hacía lo mismo y que nunca me acordaba de nada.


Salí corriendo a buscarlo al living y al mismo tiempo que salió la pregunta sobre en qué habíamos quedado me acordé. El cumpleaños de Mariano. Me di vuelta mientras le gritaba que solo necesitaba unos quince minutos para una ducha y cambiarme. Mientras me caía el agua caliente pensé en como la rutina del día te puede absorber de tal forma que uno se termina olvidando de comer, de salir a ver el sol un par de horas, de los cumpleaños y eventos de gente importante para uno. Me quedé pensando hacía cuánto que nos conocíamos con Mariano y en las anécdotas de nuestras salidas, y cuando miré la espuma del shampoo que tenía alrededor de los pies, me acordé de los veranos en Mar del Plata. Esos habían sido días en los que el paso del tiempo no importaba demasiado y nada estaba ni demasiado bien como tampoco demasiado mal.


Y en el medio de los recuerdos con mi amigo, se me vino una imagen a la mente, clara como el agua que estaba cayendo sobre mis hombros. La playa de la costa de Buenos Aires en un enero de mediados de los 2000, mucho viento, mi buzo azul que no abrigaba lo suficiente. Un grupo de chicas, un grupo de chicos, y la madrugada profunda de un día de semana. Una chica con una pollera de jean, unas Converse rojas y de ojos color azul muy profundo. El mismo color de ojos de la chica de la chica de Spotify que me había estado cantando la última media hora.


Me sequé lo más rápido que pude y lo fui a buscar a Santi al living, pero cuando le quise hablar ninguna de las frases tenía final. “Es una de las chicas esas. De ese verano en Mardel. Que estaban hablando con vos y Pedro”. Nada era lo suficientemente específico. Habíamos tenido mil veranos en Mardel en los que conocimos miles de chicas y Santi y Pedro habían hablado con todas ellas. Santi me miró como si hubiera perdido la cabeza. No lo había hecho, pero se sentía muy cerca de eso.


Corrí al escritorio, y abrí la computadora. Busqué su nombre en Spotify de vuelta, en el historial de reproducciones. Ahí estaban los ojos azules mirándome fijamente, esta vez no con las facciones de una adolescente de 18 años que aún no sabía exactamente quién iba a ser, sino una chica de más de 30 desafiándome con la mirada. Miré de nuevo el perfil que tenía en la plataforma y un cartel me llamó la atención: “Próximamente en tour”. No había más información, no había fechas. Busqué en internet, y tampoco apareció nada, solo encontré videos de YouTube y su Instagram. En esa red social tenía un montón de fotos grabando en el estudio, dando recitales, y con amigas. Una en particular me llamó la atención y cuando la seleccioné leí en el pie de la foto “Nada mejor que volver a casa” y en la ubicación aparecía “México DF”. Sentí algo en mi pecho contraerse, como una decepción, como si hubiera perdido algo.


Escuché que Santi me gritaba desde el living “A este paso, vamos a terminar llegando como dos horas más tarde”. Volví a su bio de Spotify y miré por cinco segundo más el cartel que decía “próximamente en tour” antes de apagar la computadora.

Entradas recientes

Ver todo
México nunca estuvo tan cerca - 5

-- Lautaro “Me la acordaba con el pelo más claro, medio rubia” me dijo Santi mientras veíamos como Sofía saludaba a cada grupo que se le...

 
 
 
México nunca estuvo tan cerca - 4

-- Sofía “Quedan solo 10 recitales, en un mes y medio ya estamos de vuelta en el estudio” me dijo Charlie mientras yo veía los aviones...

 
 
 
México nunca estuvo tan cerca - 2

-- Sofía Sami siempre tardaba un poco más de lo normal en prepararse para salir, y terminaba siendo casi imposible llegar a cualquier...

 
 
 

Comentarios


© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

bottom of page