top of page

México nunca estuvo tan cerca - 5

  • Foto del escritor: María Lourdes Manrique
    María Lourdes Manrique
  • 2 mar 2025
  • 6 Min. de lectura

-- Lautaro


“Me la acordaba con el pelo más claro, medio rubia” me dijo Santi mientras veíamos como Sofía saludaba a cada grupo que se le acercaba a pedirle una foto. Yo seguía sin poder elaborar ningún tipo de opinión, comentario o idea. La chica de mi recuerdo de los 18 estaba a unos pasos míos y por alguna razón sentía un deja vú, como si de vuelta estaba de espectador de una conversación de la que yo no era partícipe.


Cuando compré las entradas para venir al penúltimo recital de la gira no pensé en qué iba a hacer cuando la viera. Santi se había copado en acompañarme siempre y cuando yo le prometiera que me acercaría a hablarle al terminar el recital. “Dale, sí, lo hago” le dije sabiendo que, si no me animaba, alguna excusa se me iba a ocurrir en el momento para no hacerlo.


El recital arrancó puntual, quince minutos después de que entramos al auditorio. Ella estaba de punta en blanco, con un vestido verde oscuro que combinaba con su guitarra color anaranjado. Tocó por una hora y media, con pausas en las que no escatimó en hablar con el público, con un buen balance entre canciones movidas y canciones más lentas, con luces que la seguían cuando caminaba de acá para allá, y con un público que se sabía cada una de las letras de las canciones y no la dejaban cantando sola. Santi no disimuló su sorpresa, pero yo estuve paralizado por la totalidad de los 90 minutos. Al final de cuentas, esa chica que era solo una idea en mi cabeza ahora estaba en carne y hueso a unos metros de mí.


Cuando salimos del auditorio, nos quedamos hablando en la vereda, mientras el resto del público se dividía entre los que se quedaban para esperarla salir y los que iban rumbo a otro plan de viernes a la noche. La familia era la fácil de reconocer entre los que se quedaron, ya que era el grupo más heterogéneo en términos de edad, y porque, además, cuando salió los saludó afectivamente de lejos antes de dirigirse hacia donde estaban los otros grupos.


Entre esos otros grupos estábamos nosotros dos que nos quedamos parados con las manos en los bolsillos, mirando todo lo que pasaba como si no hubiéramos sido parte del recital y fuéramos simples peatones que andaban caminando por ahí y decidieron parar a ver qué pasaba. O al menos esa era mi sensación hasta que Santi me codeo diciendo “termina con esas chicas y te acercas de hablarle ¿sí?”. Y ahí volví a la realidad, a acordarme de que yo había comprado las entradas para verla, que yo había estado escuchando sus canciones por semanas, que yo había empezado a seguirla en redes de tal forma que ahora su voz me parecía familiar y su sentido del humor me resultaba gracioso, y que había acordado algo con Santi y ninguna excusa se me ocurría en el momento para evitar lo inevitable.


Él debió ver en mis ojos toda esa cadena de pensamientos pasar por mi cabeza porque se río como deleitándose de mi parálisis ante la situación en la que me había metido solo. Miramos hacia donde estaba ella y las chicas ya estaban empezando a despedirse, y la familia se había acercado a donde estaba Sofía. Cruzamos miradas con Juan y ambos sabíamos que mi momento era ese, porque si empezaba a hablar con la familia, iba a ser imposible saludarla. “Dale, si no le hablas, haber venido va a haber sido al pedo” insistió Santi. “Además, vive en México, es lejísimos, andá a saber cuándo la volves a ver”.


Y ahí estaba lo principal de todo esto. No tenía ningún tipo de sentido hablarle, porque ella residía en otro país. Y, además, si le hablaba para presentarme y quedábamos en contacto, tampoco importaba porque probablemente nunca más me la iba a cruzar. No había riesgo, no había nada para perder.


Con eso en mente, y tratando que ninguna otra idea que me haga dudar invada mis pensamientos, empecé a caminar hacia ella y me frené a unos metros, los suficientes para que me vea y se de cuenta que quería hablarle. Mi valentía duró lo que ella tardó en mirarme al terminar de despedir a las chicas. La mirada no había cambiado en todos estos años, eran los mismos ojos que aún recordaba, y el azul profundo disolvió todo el impulso que me había dado Santi. Lo miré como buscando un ayuda, y desde lejos me hizo pulgares para arriba. Atiné a caminar hacia él, y me hizo que no con la cabeza y me la señaló a ella. Cuando volví a mirarla, estaba en frente mío.


Ahora ya no había marcha atrás. Me saludó con un beso y al instante sentí cómo se me cerró la garganta, me empezaron a traspirar las manos y ya no podía mirarla a los ojos. Reconocí al instante que me invadieron los nervios: empecé a mirar al piso, y si bien cuando levantaba un poco la mirada veía que me hablaba, no conseguía escucharla.


“¿Qué dijiste?” le pregunté con iguales cantidades de vergüenza y desconcierto plasmadas en mi cara. A ella la tomó de sorpresa la pregunta, pero repitió sin titubear “te preguntaba cómo estabas, si te había gustado el recital”.  Tosí un par de veces para limpiar mi garganta, que estaba seca como si hubiera corrido una maratón, y de alguna forma pude responderle que me había gustado. Ella me miraba como esperando que siga desarrollando mi idea, que le diga cuál había sido mi parte preferida del recital, ella esperaba algo. Al final de cuentas, yo había esperado 20 minutos a que hable con todo el mundo para irle a hablar.


Pasaron pocos segundos, pero fueron los suficientes para que rasgos de incomodidad empezaran a traslucirse en su cara. Vi como miró a sus familiares como pidiendo ayuda y fue lo suficiente para que las palabras salgan de mi boca sin freno. “Me llamo Lautaro. Nosotros nos conocimos en Mar del Plata, hace unos años, más bien cuando teníamos unos 17, 18 años. Escuché una canción tuya en Spotify hace unas semanas y cuando vi tu foto me acordé de la noche que compartimos con nuestros grupos de amigos. Seguro no te acordas, ni a palos. Pero bueno, escuché tus canciones y son muy buenas. Quería decirte eso”.


Ahora el silencio vino de parte de ella. Mi cabeza miraba para abajo, pero mis ojos la buscaban a ella, pero sin entrar en contacto visual directamente. Escuchaba mis pulsaciones en mis oídos, y la garganta nuevamente se me secó. Tosí y cuando mis ojos dieron con los suyos, vi como se le achinaban y se le dibujaba una tenue sonrisa en la cara. Ese gesto, ese sutil gesto, fue como una bocanada de aire. De alguna forma, esa sonrisa fue toda la señal que yo necesitaba para saber que no estaba loco.


“Ahora que me lo decís, sí, me acuerdo de vos” me dijo borrando toda incomodidad de sus facciones. Me nombró a Mariano y a sus amigas, y me preguntó qué habíamos hecho el resto del verano “si te acordas, claro”. Mi mente que había estado en blanco desde que había pisado ese auditorio, se llenó de recuerdos de chicos jugando a la pelota en una playa color ocre, de noches de insomnio, de asados mal cocinados, de botellas de coca-cola y fernet vacías apiladas al lado de la puerta de entrada, y de espaldas color salmón quemadas por el sol. Ella también me contó su parte de la historia.


“¿Sabes que es lo loco? Que hoy casi canto una canción que compuse sobre ese verano” me dijo mirándome fijo. No supe que responderle, qué comentarle, qué preguntarle, pero al mismo tiempo sentía que había mil cosas en mi cabeza que quería decirle. Y en esa milésima de segundo que tardé, se nos terminó el tiempo. Alguien gritó su nombre desde la puerta del auditorio y ambos nos dimos vuelta para ver quién era. Ella saludó con la mano a la persona y le dijo que ya estaba terminando.


“Me tengo que ir. Pero gracias por venir a hablarme, fue lindo rememorar esos momentos”. La sonrisa se le notaba no solo en su tono de voz, sino también en los ojos. Quise preguntarle cuánto se quedaba en Buenos Aires, si tenía planes para después de la cena o para mañana, si le parecía muy loco ir a tomar algo algún día, si en México la esperaba alguien.


Pero de vuelta quedé paralizado por ese azul oscuro y profundo. De vuelta se me secó la garganta. De vuelta me quedé sin palabras mientras ella me miraba expectante. Tosí dos veces, miré el piso, volví a mirarla. Titubeé un tímido y frágil “sisi”, se acercó a saludarme y se dio media vuelta. Miré la espalda del vestido mientras me arrepentía de mi cobardía, cuando la vi que paró en seco. Me miró, se río sutilmente. “Espero que no te moleste, pero voy a tomar nuestro encuentro como una señal para que saque al mundo esa canción. Es sobre vos.” me dijo con una sonrisa pícara, que esta vez pude devolver sin dudar.

Entradas recientes

Ver todo
México nunca estuvo tan cerca - 4

-- Sofía “Quedan solo 10 recitales, en un mes y medio ya estamos de vuelta en el estudio” me dijo Charlie mientras yo veía los aviones...

 
 
 
México nunca estuvo tan cerca - 3

--Lautaro La luz del sol entraba de forma tenue a través de las persianas, bañando el cuarto de naranja. Solo escuchaba el sonido de las...

 
 
 
México nunca estuvo tan cerca - 2

-- Sofía Sami siempre tardaba un poco más de lo normal en prepararse para salir, y terminaba siendo casi imposible llegar a cualquier...

 
 
 

Comentarios


© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

bottom of page