México nunca estuvo tan cerca - 4
- María Lourdes Manrique
- 23 feb 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 2 mar 2025
-- Sofía
“Quedan solo 10 recitales, en un mes y medio ya estamos de vuelta en el estudio” me dijo Charlie mientras yo veía los aviones despegar desde la ventana del aeropuerto. El café todavía estaba muy caliente para tomarlo y aún podía sentir los ojos hinchados después de dormir solo cuatro horas. No podía quejarme, después de todo viajar para tocar mis canciones a diferentes públicos siempre fue mi sueño.
Lo miré por sobre la pantalla de su computadora. No entendía cómo alguien podía estar tan despierto a esa hora de la madrugada y después de haber dormido tan poco. Por un momento, tampoco quise saberlo. Al lado mío estaba la funda de mi guitarra, que seguía siendo la misma que tenía cuando iba al conservatorio. En los recitales, en el momento más íntimo, algunas veces decía algo como “si las cuerdas de esta guitarra pudieran hablar, algunos hombres no caminarán tan tranquilos por la calle”. Alguien siempre se reía y me gustaba que le sacaba alguna que otra sonrisa a los que estaban en las primeras filas.
Con los años, recital a recital, fui mejorando mi interacción con el público, tratando de generar una conexión más allá de la música, algunas veces para que la experiencia sea lo más sincera e íntima posible, otras solamente porque tenía muchos nervios y necesitaba que la gente empatice conmigo para poder continuar tocando. Un día, cuando era chica, le pregunté a mi profesora de teatro si en algún momento se iban los nervios antes de entrar a escena. Su respuesta me la sigo acordando hasta el día de hoy, aunque no sé si es del todo verdad: “Si uno ya no siente nada antes de entrar al escenario, quiere decir que ya no le importa, y no tiene sentido seguir”. Debo admitir que toda esa mezcla de sentimientos antes de salir, antes de enfrentarme a las luces que encandilan, antes de tocar la primera nota, muchas veces funcionan como un combustible para lograr hacerlo. Además, todo sentimiento negativo se desvanece cuando suena el primer acorde.
Estábamos más o menos en el medio de la gira, que hasta el momento era el más largo que me había tocado hacer. Fue una apuesta grande la que hizo Charlie cuando seleccionó las ciudades y empezó a llamar a los lugares. Yo pensaba que a nadie le iba a interesar, pero él siempre tuvo una confianza en mí que yo nunca tuve. Sin él, yo sabía que mi trabajo no era posible, y nunca me cansé de repetírselo, así como él nunca se cansó de repetirme que tenía que confiar más en mí.
Hasta aquel momento, habíamos pasado por ciudades que nunca había visitado, tales como Asunción o Quito. Me había enfrentado a públicos más callados, a otros que parecían no saber qué habían ido a ver, y otros que se sabían cada una de las letras de las canciones. Comí la comida más deliciosa y chatarra de todo el continente Latinoamericano. En algunas fechas tuvimos problemas con los instrumentos, con el sonido, con las luces, con la cantidad de ingresos vendidos, pero nada, absolutamente nada, nos impidió subir nuevamente al escenario y darlo todo. Las opiniones del día siguiente eran siempre buenas, mismo cuando parecía que no iban a serlo.
También estábamos aprovechando el viaje para entrar en contacto con artistas locales, grabar canciones con productores nuevos y hacer mini recitales gratis en librerías, cafeterías y cualquier lugar que me dejase tocar. En los últimos dos meses había conocido más personas que en toda mi vida, o al menos así se sentía. Nunca me había sentido tan cansada, pero tampoco nunca tan feliz. Componía todos los días y sentía que siempre tenía una nueva idea, un nuevo arreglo, una nueva historia para contar, y estaba aprovechando todos los encuentros con músicos para aprender más y más sobre música.
Sentía que mis días eran todos perfectos, aunque en ese momento en el aeropuerto cuando Charlie me dijo que faltaban solo 10 recitales, sentí una mezcla de alivio con nostalgia. ¿Cómo podía ser que algo tan etéreo podía estar llegando a su fin? Pero el fin significaba volver a Argentina, a Buenos Aires más precisamente. Cinco de esos recitales que faltaban eran en mi país, los últimos dos siendo en mi ciudad natal. Para el último, las entradas se habían agotado en unos pocos días, y yo estaba segura de que mis grupos de amigos y mis familiares habían tenido mucho que ver con eso. Me llenaba de felicidad saber que ese día iba a ver a la gran mayoría de mi gente querida y sabía que iba a ser un recital especial.
Charlie cerró la computadora y se terminó su café. Para mí, mi café con leche recién había llegado a una temperatura razonable para entrar en mi cuerpo. “Para el último recital en Buenos Aires tengo ganas de hacer algo nuevo, para cerrar la gira de una forma espacial ¿Qué te parece?”. Yo ya sabía que su respuesta iba a ser que si y, después de escuchar mi propuesta, seguro iba a querer triplicar la apuesta y agrandar la sorpresa.
Le dije que quería cantar una canción inédita, y al instante me preguntó si era alguna del nuevo álbum. “No había pensado que fuera una de esas, aunque si vemos que tiene buena recepción con el público, podemos incluirla, ¿no?”. Me dijo que ya estaba empezando a pensar como una mujer de negocios y sacó su cuaderno rojo, el que usaba para hacer brainstorming de planificación, para anotar ideas de promoción de la canción que tocase.
Estuvimos unos quince minutos hablando de los recitales en Buenos Aires, sobre qué cosas podríamos hacer además de la canción nueva, pensando en si podríamos traer a otras personas a tocar conmigo para hacer duetos, e ideando formas de captar la atención de las radios y medios para que los recitales tengan la mayor cobertura posible. Charlie me preguntó de nuevo sobre qué canción estaba pensando tocar y le conté que no tenía ninguna en la cabeza y que iba a fijarme en mis cuadernos si tenía alguna reliquia perdida por ahí.
Se me quedó mirando unos segundos, más callado de lo normal, y al instante supe que no le convencía tanto mi enfoque. “Vos grabaste una canción hace unos años que era muy pegadiza, que no la incluimos en los álbumes anteriores porque no pegaba con el resto. ¿Ubicas de cuál hablo?”. Mismo con todo el sueño que tenía, sabía exactamente a qué canción se refería.
Le conté que para mi era una canción muy simple, un cliché, de una anécdota de cuando era adolescente. Él me insistió que tenía una melodía divertida que se te pegaba muy fácilmente y que era imposible no empatizar con lo que contaba. Aún no estaba muy convencida, entonces hicimos un trato: yo iba a escuchar de nuevo la grabación, pero también iba revisar mis cuadernos para ver si tenía algo superador. No tenía que tomar la decisión en una madrugada de lunes en el aeropuerto de La Paz, aún teníamos tiempo.
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