No sabes lo que me pasó en Colombia
- 18 feb 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 24 ago 2023
La noche ya se había adueñado de Cali, pero la ciudad se veía iluminada como un árbol de Navidad desde adentro del taxi. Paola y yo nos encontrábamos en silencio, ya no teníamos energía para seguir hablando, la semana de trabajo nos había drenado y lo único que queríamos era llegar al aeropuerto, entrar en el avión y arribar en Buenos Aires. A ella la conocía hacía poco tiempo, algo así como un mes, desde que había arrancado en el laburo nuevo, pero nos habíamos llevado muy bien estos días y ya podíamos mantenernos en silencio sin que fuera incómodo.
Al arribar en el aeropuerto, el taxista estacionó en la zona de descenso de pasajeros y cada una bajó por su lado. Después agarramos las valijas y sin más, la primera etapa del viaje estaba cumplida. Hicimos el check-in, rayos y migraciones. Esa estructurada danza de los aeropuertos requiere que uno saque y cuide de sus documentos en todo momento. Y sus pertenencias también. En algún momento de la secuencia de pasos sentí que algo me faltaba.
Me fui fijando una cosa por vez: tenía la campera, la riñonera con los documentos, billetera y celular, y tenía la bolsa con golosinas típicas de allí y plátanos fritos. “No tengo mi mochila” pensé. La espalda estaba liviana, algo que al cabo de todos esos días no había sentido nunca. La miro a Paola y sin que le diga nada me pregunta qué había pasado, cuál era el problema. Mi cara lo decía todo y solo pude balbucear “perdí la mochila”.
Lo que le sigue a ese momento es un gran recuerdo borroso. Llamé a mi mamá y a mi hermana para que cambien las contraseñas del banco y de las cuentas de mail. También le avisé a mi novio, porque no tenía llaves para entrar al departamento cuando llegara al edificio. Por suerte Paola todavía tenía la tarjeta del taxista con el número de teléfono, y lo llamó para averiguar si la mochila seguía en el auto. Con ayuda de ella, para no caer en un llanto desconsolado, le avisé a mi jefe sobre la situación.
Y la situación en verdad era simple: en el taxi mi mochila estuvo siempre en el asiento del medio, entre Paola y yo. Cada una se pasó el viaje mirando la ciudad por su propia ventana y el cansancio de los cinco días de trabajo intenso habían empezado a decantar en nuestros cuerpos en ese momento. Mientras Paola pagaba el taxi, yo solo tuve fuerzas para agarrar mi campera, mis plátanos fritos y salir del auto, sin mirar para atrás. Qué pasó con la mochila una vez que el taxi se alejó del aeropuerto, nunca lo sabremos.
Lo que sí sé es que el mate de mi abuela está en manos que no conozco, el termo de mi novio lo debe estar usando algún colombiano para el café, la mochila de mi hermana está en hombros que no son los míos ni los de ella, y las llaves de mi departamento están olvidadas en un cajón o ya las fundieron para hacer otras llaves. Ah y la computadora de la empresa que también estaba en la mochila debe haber sido revenida o, en el mejor de los casos, la está usando alguien que la necesitaba.
Las cosas materiales van y vienen, y algunas veces no vuelven a uno. Algunos objetos tenían memoria o guardaban secretos y recuerdos, pero solo porque ya no pueda tenerlos conmigo no quiere decir que los recuerdos ya no estén. Esos no me los puede quitar nadie, ni tampoco los puedo perder.
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