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México nunca estuvo tan cerca - 2

  • Foto del escritor: María Lourdes Manrique
    María Lourdes Manrique
  • 8 feb 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 2 mar 2025

-- Sofía


Sami siempre tardaba un poco más de lo normal en prepararse para salir, y terminaba siendo casi imposible llegar a cualquier lugar en horario. “Es sábado a la noche, nadie está apurado” me solía decir cuando le hacía algún comentario sobre sus constantes demoras. Por mucho que me costaba admitirlo, un poco de razón tenía.

Mientras ella tarareaba la canción que sonaban en los parlantes del living de mi casa y se terminaba de maquillar, yo me senté en el sillón a esperarla. Me quedé mirando un rato los hielos en el vaso de vermut que me enfriaba la mano. Recorrí la habitación con la mirada. Mi mamá había venido unos días atrás a dejar unas cajas con cosas mías que habían quedado en su casa después de la mudanza. Por alguna razón que aún no podía entender, se había pasado los dos últimos fines de semana vaciando mi cuarto y el de mi hermana, que se había ido a vivir sola hacía tres años, y dejándonos esas cosas que aún queríamos en nuestras respectivas casas. La teoría que teníamos nosotras era que quería tirar abajo la pared que separaba los cuartos y hacer un gran taller de arte.


Mi mirada se detuvo unos segundos en una caja mal cerrada de la que sobresalían unos libros. Si bien continúe con mi recorrido por el living, mis ojos volvían a esa caja mal cerrada. Algo de la cinta mal pegada y el cartón doblado en las esquinas me molestaba como molesta una picadura de mosquito en el medio de la espalda. Me levanté para acomodarla.


Le saqué la cinta y abrí la caja para sacarle los libros de más que tenía. Me terminé dando cuenta que no eran libros, eran mis diarios. El primero lo reconocí al instante, era de cuando tenía unos 15 años, posiblemente el primero que empecé a escribir con una frecuencia casi diaria. “Ya casi estoy” me gritó Sami desde el baño. Sabía que si decía eso significaba que todavía faltaban unos buenos 10 minutos. Volví a la caja y me senté en el piso para mirar más cómoda su contenido. 


El segundo diario que saqué era de tapa lisa color naranja que se lo notaba golpeado. Fui pasando las páginas lentamente sin leer nada en particular y me frené en una que tenía una mancha de té o café. En la parte superior de la hoja se decía “7 de febrero”. Arranqué a leer para tratar de acordarme el año al que pertenecía ese diario. Me cayó la ficha de qué año era cuando leí “era un grupo de unos 15 chicos, todos más o menos de nuestra edad. Con Sami nos queríamos ir porque teníamos frío, pero nos quedamos porque a Martina y a Juli les gustaban dos de ellos. Al final no fue tan grave porque se nos acercaron unos chicos a hablar. No se lo conté a Sami todavía, pero el más calladito que tenía un buzo de color azul oscuro me gustó”.


Sabía exactamente qué verano había sido y quién era él. Me sonreí porque me acordé de lo mucho que me había quedado pensando en él ese verano, pero que no se lo había dicho a ninguna de las chicas porque a la mañana siguiente de esa noche, a todas les habían parecido unos giles.


Sorprendentemente, Sami salió del baño antes de lo esperado. “¿Vamos?” me preguntó con una mirada brillante y unos labios perfectamente delineados en un color rojizo. Me levanté del piso y dejé el diario arriba del sillón. “Podes creer que mi vieja me trajo mis diarios y encontré uno del verano ese que estuvimos en Mar del Plata con Martina y las amigas”.


Mientras esperábamos el colectivo, nos fuimos acordando de esos días que pasamos con esas chicas con las que ya no hablábamos mucho. “Creo que nunca te conté, pero a mí el de rulitos me había gustado”. Sami me miró con una expresión que no pude interpretar. “No tengo idea de quien me estás hablando, te juro que no me acuerdo de la cara de ninguno”. Para decir la verdad, yo tampoco me acordaba de su cara. Me quedé pensando en eso durante toda la noche, en como una puede acordarse de la sensación que alguien le hizo sentir más que la cara o la voz de esa persona.


Durante los días siguientes, pensaba cada tanto en el recuerdo de esa noche de verano y seguí leyendo el diario de tapa naranja como si quisiera acordarme de cada detalle. El diario arrancaba en el 2007, yo tenía 18 años, recién terminaba el colegio y por lo que leía todo era un poco bizarro y dramático: me gustaban un montón como me quedaba el pelo después de pasarme la planchita y no quería saber nada con mis bucles naturales;  creía que las chicas con las que todos querían estar eran las que fumaban y las que se ponían el escote más escotado o la pollera más corta, y a mí me daba bronca porque no me sentía cómoda con nada de eso; mis inseguridades estaban en cada página escrita y sentía que siempre se me acercaba para chapar el que me parecía feo; estaba de moda el licor de melón y era una tragedia cuando me olvidaba de cargar la cámara digital antes de salir; los días en la playa eran eternos y algunas veces dormíamos dos en una cama de una sola plaza porque nos quedamos dormidas hablando de lo que había pasado ese día.


El detalle de mis memorias en ese diario me terminó teletransportando a esa Mar del Plata y el chico de rulos y buzo azul oscuro se me venía a la mente constantemente. Entre clases del conservatorio le comenté la obsesión que estaba teniendo con el tema a un compañero y no tuvo mejor idea que decirme “parece una historia para poner en una canción”. Y eso era exactamente lo que necesitaba escuchar.

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