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México nunca estuvo tan cerca - 1

  • Foto del escritor: María Lourdes Manrique
    María Lourdes Manrique
  • 31 ene 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 2 mar 2025

-- Lautaro


El viento venía del sur y todos decían que por eso sentía helado. Yo no estaba seguro si era verdad, pero de lo único que no tenía dudas era de que el buzo que tenía puesto no era lo suficientemente grueso para le temperatura que hacía. Y todavía me quedaba toda la noche por delante.


Mis amigos habían organizado una previa en la casa de Mariano, que era amigo de un amigo mío de la primaria, que era un departamento enorme que los padres se lo habían prestado para pasar el verano mientras ellos todavía estaban en la ciudad antes de arrancar sus vacaciones. Ese sábado era el último sábado antes de que los padres llegaran y nos quedáramos sin lugar para hacer previas. El departamento era perfecto, la bebida estaba excelente, y habíamos pedido una cantidad absurda de empanadas y pizzas que para quince chicos de dieciocho o diecinueve años alcanzaron justo. Teníamos un único problema: no había chicas. En realidad, para mis amigos era un problema, para mí no tanto. Siempre que venían chicas a las previas, me sentía un poco tonto, no conseguía pensar en cosas divertidas para decirles y todos mis amigos entraban en una actitud canchera que no sabía cómo igualarla. Para conocer chicas, por lo general, me resultaba más fácil conocerlas en el club.


Santi y Mariano no estaban muy conformes con el exceso de hormonas masculinas y empezaron a mensajear a todas las personas que conocían de ahí. El resto de los chicos no conocíamos a nadie. Algunos atinaron a buscar en las redes sociales fotos de quienes podrían estar en la costa ese fin de semana, pero no encontraron nada y después de unos buenos 10 minutos ya se habían aburrido y se pusieron a jugar a la play.


Una hora más tarde, Santi había dado con una de sus ex compañeras de colegio que estaba con unas amigas en una playa que no estaba muy lejos del departamento. Todos querían ir y se pusieron a preparar unas botellas con fernet y otras mezclas que yo nunca supe que tenían. Yo tenía un poco de sueño, ya eran casi las tres de la mañana, pero igual me copé al plan. Después de todo, ese era el tipo de momento de mi adolescencia que no me quería perder y, además, al día siguiente era obvio que todos iban a estar hablando de lo que había pasado la noche anterior y no quería sentirme afuera de la conversación. Con eso en mente, me levanté del sillón, y me puse a ayudar con los preparativos.


En cuanto salí del remis y pisé la vereda de la costanera me di cuenta de que el buzo que llevaba puesto no me iba a servir de mucho para el viento que había. Miré a mis amigos, y ellos no parecían muy preocupados por la temperatura. Por sus gestos y actitud, estaban más preocupados por buscar ese grupo de siete chicas que estaban en este momento en algún lugar de la playa.


Empezamos a caminar para la izquierda y a los 20 minutos divisamos al grupo. Nos saludamos entre todos cuando e hicimos una ronda enorme y quedamos lo más intercalados posible. Yo lo tenía a Santi de un lado y a otro amigo de Mariano del otro, y me limité a observar como el baile del cortejo se propagaba a través de la ronda. Primero hicimos un par de juegos entre todos para romper el hielo, pero al cabo de un rato la ronda se fue fragmentando entre los que tenían más afinidad.


Me había pasado los primeros minutos mirando a cada una de las chicas, y la verdad es que a primera vista me gustaban todas. De las siete, había unas tres que eran rubias y me pareció que una de ellas tenía pecas, o eso pensé dilucidar entre la profunda oscuridad que caía en la playa a esa hora. Las otras cuatro tenían el pelo oscuro, una tenía unos rulos bastante desordenados y una risa estridente que se escuchaba continuamente. Si bien estaba sentada al lado de Mauro y él por lo general era bastante gracioso, no me parecía que era tan gracioso como para reírse de todos sus chistes. Ella parecía no coincidir conmigo.


Otra de las chicas estaba demasiado lejos en la ronda como para que la pueda observar bien, y las otras dos chicas estaban a mi izquierda, a una distancia que me permitía escucharles la voz mientras hablaban con Santi y Pedro. Escuché que una de ellas se llamaba Sofía, la que tenía una pollera de jean y unas Converse rojas, y la otra Samanta, que llevaba unos aros enormes que parecían tener brillitos y que me hacían acordar a los que usaba mi hermana. Sofía parecía ser más tímida y solo hablaba cuando alguno de los chicos le preguntaba algo específicamente a ella. A mí eso me gustó, tal vez un poco porque me sentí identificado. O tal vez me gustó porque si bien los chicos estaban sacando todo su arsenal de mejores anécdotas y preguntas para conquistar, entre los dos cruzábamos algunas miradas que al menos para mi decían mucho.


Me metí en la conversación de un momento para el otro, sin pensarlo tanto y sin saber de donde realmente habían surgido las ganas de ser parte de ese pequeño grupo de cuatro que se había formado. Con Sofía seguíamos intercambiando miradas, pero no nos dirigíamos la palabra. Yo seguía congelado abajo del bruzo, pero ya no me importaba y ya casi no me acordaba del viento. Se notaba que empezaba a clarear porque de a poco pude empezar a discernir mejor el maquillaje que llevaban las chicas y a darme cuenta de que todos los chicos teníamos cara de no haber dormido en 24 horas.


A los pocos minutos, volví a mirar alrededor y varias de las chicas ya no estaban y los chicos que habían quedado estaban hablando entre ellos. Una de las amigas de Sofia y Samanta se les acercó y les avisó que ya se estaba volviendo al departamento porque ya eran casi las seis de la mañana y a al día siguiente algunas tenían que volver a Capital. Ambas asintieron con la cabeza, y nos levantamos todos para saludarnos. Cuando se acercó Sofía, por primera vez me di cuenta de que tenía ojos claros, de un azul profundo como si fueran las aguas de un mar que no era el que teníamos a unos pasos de distancia.


Las chicas se fueron y nosotros empezamos a caminar para el lado de nuestro departamento. Eran varias cuadras, pero todos tenían algo para contar. Si bien estábamos cansados, decidimos parar en un lugar para comer porque varios ya tenían hambre. Para algunos eso fue el desayuno, para otros, una segunda cena.


Por un par de días, cada tanto, me pareció ver a Sofía en las chicas que andaban por la playa o en las que nos cruzábamos en las fiestas. Pero nunca era ella, nunca eran esos ojos de ese azul profundo. No sabía su apellido ni tampoco se me ocurrió preguntarle a alguno de los chicos si la conocían. Tampoco la busque en redes sociales. Al finalizar las semanas de vacaciones, llegué a Buenos Aires y Sofía era el recuerdo de una chica más que conocí ese verano.

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