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Las ruinas de Písac

  • 18 ene 2023
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 24 ago 2023

No había nadie en cualquier lado al que mirara. Pasto a la derecha y a la izquierda, pasto verde y alto en el que se hundían mis pies a cada paso que daba. No sabía cómo de un momento para el otro había pasado de estar rodeada de turistas en unas ruinas de Písac a estar en el medio de un descampado sin saber a donde ir. Miré para atrás y no vi a los chicos que estaban conmigo hacía dos minutos. Miré hacia la derecha y vi la colina tomar altura y estaba segura de que hacía un momento había unos turistas caminando sobre ella. Al frente el descampado se abría hasta chocarse con otra colina que tenía un camino que arrancaba a sus pies. Si mi brújula interna no estaba equivocada, en esa dirección tenía que ir para salir de las ruinas y encontrar el pequeño pueblo. Arranqué a caminar decidida, sin pensar mucho en que así deben arrancar las situaciones que terminan con la chica no volviendo a su casa.


Llegué al principio del camino y seguía sin ver a nadie. De alguna forma no estar más en el medio del descampado me hacía sentir más tranquila, aunque al mismo tiempo estar en un camino solitario que tenía un precipicio a la izquierda no me parecía una gran idea. Apreté el paso y eventualmente vi un chico adelante mío, un chico que sostenía un mapa. Un perdido como yo pensé. Me fui acercando y él levantó la cabeza al verme pasar. Tenía cara de bueno. Me pregunté si los secuestradores tienen cara de buenos.


¿Necesitas ayuda? Le pregunté sin pensarlo. Y claramente no lo pensé, ¿por qué le estaba dando charla a un desconocido en el medio de unas ruinas incas cuando yo misma estaba perdida? Me sonrió tímidamente y entre suspiros me dijo que sí. Me indicó el mapa y me acerqué a verlo. Era el mapa del parque, bingo.


No entendí mucho de lo que me quiso explicar porque hablaba muy cerrado, aunque pude dilucidar que quería volver a unas ruinas que estaban cerca de la entrada del parque, pero que no estaba seguro de que ese fuese el camino que lo llevara. Miré el mapa y me ubiqué enseguida. Al entender que efectivamente ese camino me llevaba donde yo necesitaba, sentí un alivio inmenso. A los pocos segundos me di cuenta de que el chico me miraba como esperando una opinión, o un veredicto, sobre su propia situación. “Sí, es este el camino” le dije y le expliqué que siguiendo para adelante íbamos a pasar por las ruinas que él quería ver, y que luego yo seguiría de largo para salir del parque.


Me agradeció y guardó el mapa. Se generó un momento incómodo. ¿Íbamos a caminar juntos hasta sus ruinas? Yo había estado sola todo el día, así que no me molestaba caminar acompañada por un rato. Él arrancó a caminar y titubeó un segundo como esperando que yo también arranque. Los ojos buenos me dieron la seguridad de que iba a volver a casa sana y salva.

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