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La altura no es número de documento

  • 26 abr 2023
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 24 ago 2023

Petisa, enana, gnomo. Cada tanto, cuando subía o bajaba las escaleras del colegio, escuchaba esas palabras dirigidas a mí. Y sabía que eran para mí porque las decía la misma voz de siempre cuando ese chico en particular pasaba cerca mío. Por lo general, lo ignoraba. Él no era mucho más alto que yo, tenía un pelo amarronado y ruludo, y varios granitos en la cara que delataban su entrada a la adolescencia.

Cuando lo escuchaba agarraba – inconscientemente - más fuera a mi mochila color rosa, aceleraba el paso con mis zapatillas que encendían luces de todos colores al pisar, y apretaba los labios para no contestarle una barbaridad. Las personas alrededor nuestro no estaban ni enteradas de lo que pasaba y no le prestaban atención, pero esos apodos me molestaban y me hacían sentir humillada como si a todos les importase.


“¿Estás segura de que no tenés que volver a la primaria?” improvisaba mi enemigo carnal de los primeros años de la secundaria. Rápidamente trataba de salir del campo visual. Me pasaba noches enteras pensando en formas de vengarme: pegarle un chicle en el pelo, tirarle una botella de coca cola encima, o responderte con algún apodo igual de hiriente. Oveja, grano ambulante, repetidor. Todas eran ideas que me sonaban infantiles e ineficientes. Ninguna iba a lograr lo que yo quería, sino que iban a ser como ponerle más leña al fuego, no iban a callarlo.


Un día, bajando a un recreo a media mañana, lo escuché pasar a toda velocidad al lado mío “Sos tan petisa que la gente te va a llevar puesta porque no te puede ver” me dijo mientras se reía de su propio comentario que ni había sido gracioso. Pero ese comentario fue la gota que rebalsó el vaso. Paré en seco, cerré los puños con fuerza y volví a subir un piso. Toque el timbre en la sala de los preceptores.


Sí, hice la denuncia a nivel adolescente. Buchoneé cada uno de sus actos, identificándolo claramente ante la jefa de los preceptores. Con un suspiro me dijo “es siempre lo mismo con él” y me sentí acompañada al saber que no era el único objeto de sus chistes malvados. “Nos vamos a encargar, no te preocupes que ya no te va a molestar más”. Salí del recinto con esa promesa guardada bien cerca de mi corazón, como si me pudiera proteger de sus próximas palabras.


Por unos días no lo escuché más, podía subir a las aulas, bajar al recreo, irme del colegio sin que mi altura sea interés de nadie. En mi cabeza como ecos resonaban las palabras de las otras preceptoras que me habían escuchado aquel día. “La altura no es número de documento”. Pensé en como nuestro cuerpo, la medida de nuestro cuerpo, no nos debería definir.


Una tarde de verano, cuando estaba caminando por el patio en un recreo, escuché un “Eu, pará” atrás mío. La voz familiar había vuelto. Me di vuelta y lo vi con la cabeza agachada, y los ojos con un tinte de culpa y no de arrogancia como estaba acostumbrada a verlos. “Quería pedirte perdón por los apodos con lo que te llamé antes. No quería lastimarte. ¿Podemos ser amigos?”. Me quedé helada. No estaba esperando ese tipo de consecuencia luego de mi charla con las preceptoras. De hecho, no esperaba que algo cambiara.


Tardé unos segundos en entender qué me estaba diciendo y traté de articular una frase coherente y contundente, como para que no se notara mi sorpresa. Tampoco quería que crea que era una floja, que con una simple frase iba a borrar todos esos momentos de angustia que me hizo pasar. Me detuve a observarlo antes de responderle y lo noté incómodo, como no sabiendo donde meterse, agarrándose la cabeza por detrás con la mano izquierda como para hacer algo, mirando sus pies y apenas levantando la mirada para verme. Con toda la madurez de mis once años le dije seria y sin titubear que sí, que aceptaba las disculpas. Me dijo que genial y toda su actitud hacia mi cambió automáticamente desde ese momento.


Ahora bajamos juntos al recreo, charlando de pokemons y digievoluciones, nos gusta pasar el recreo dibujando y él me da tips sobre qué va a tomar la profesora de inglés en el examen del jueves porque si bien es dos años más grande que yo, aún se acuerda de algunas cosas. También me dice que le copa mi etapa actual en la que voy al colegio con un gorro de lana mismo que hagan 30 grados de térmica. “Tenés estilo, está re bueno” me suele decir cuando se da cuenta que me pongo insegura acerca de cómo me ven las otras chicas. No se lo digo, pero a mí me gustan sus ojos verdes y, obviamente, es el chico que me gusta.

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