El dueño de la gorra roja - parte 3.2
- Luly Manrique

- 15 abr 2023
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 10 ago 2023
Me sentí un poco paranoica toda la semana. Mientras caminaba por el centro de la ciudad, cerca del hotel en el que se había quedado Juan las últimas dos veces que había venido, miraba para todos lados buscándolo. A más de uno debí haber asustado mirándolo más de lo normal. Por momentos me enojaba con él porque me parecía bastante irrespetuoso que ni siquiera se había tomado el tiempo para responderme un simple “ok, pasala lindo”, pero después se me pasaba porque empezaba a pensar en las mil cosas malas que le podían haber pasado que no le permitieron responderme o venir.
El viernes, cuando llegué al autódromo por primera vez después de un año, la paranoia aumentó y miré intensamente a todo dueño de gorra roja, que no eran pocos. Lo más triste fue darme cuenta de que el recuerdo de Juan se me había empezado a borrar, entonces me costaba el doble saber si la persona a la que estaba observando era él o no. Al despertarme el domingo lo primero que me pregunté fue si finalmente aparecería el día de la carrera.
El tiempo del domingo estaba ideal para tener una de esas carreras con muchos cambios de lugares en la grilla, un par de safety cars y probablemente un ganador que nadie iba a poder creer al final del día. La lluvia no había dado tregua en toda la semana, incluyendo el viernes y el sábado de clasificación. El domingo se escuchaban truenos a lo lejos y había una leve, pero constante llovizna que iba a permitir correr y no cancelar la carrera. Esta vez la capa de lluvia fue lo primero que metí en la mochila, y el paraguas me acompañó en todo el camino hasta el autódromo.
Llegué temprano como para poder acomodarme tranquila y mientras iba subiendo los escalones de la tribuna pensé en como para muchas personas estas eran las condiciones meteorológicas perfectas para ver la carrera en la comodidad de una casa y no en unas gradas mojadas y con cientos de personas alrededor con capas de lluvia y paraguas que te tapan la vista.
Cuando vi la cantidad de capas de lluvia que había me di cuenta de un gran problema que iba a tener para encontrarlo a Juan: los que estaban usando gorra la tenían debajo de la capucha de la capa de lluvia. Además, Juan no había usado capa de lluvia dos años atrás por lo cual yo no sabía cómo era la él, y no sabía si iba a aparecer con su paraguas nuevamente. Sentí un poco de ansiedad al darme cuenta que el panorama para encontrarnos estaba bastante difícil.
Mi mente empezó a dar vueltas en espirales pensando las diferentes alternativas por las que capaz no había venido, pero el himno nacional logró devolverme a la realidad. Para ese entonces caía una leve garúa. Pasaron los preparativos previos al inicio de carrera y la gente que estaba parada o en los puestos de comida se fue acomodando en su lugar. Numerosas personas, ninguna era la que estaba esperando encontrar. Por suerte, en cuanto se apagaron las luces rojas mi mente pudo conectarse con el espectáculo que tenía adelante y que era la verdadera razón por la cual estaba sentada ahí.
Como era de esperarse a mitad de la carrera salió un safety car y decidieron suspenderla por unos minutos para poder entrar las grúas a la pista, sacar los autos que habían chocado y limpiar bien las piezas que estaban tiradas por todos lados. Ese momento de tranquilidad me dejó mirar a mi alrededor y por un instante vi a un posible Juan con gorra roja. No llegaba a verlo bien de frente porque estaba sentado unas filas más abajo y varios lugares más a la derecha, pero el perfil se parecía bastante. No me acordaba haber visto a esa persona antes de la largada, por lo cual supuse que había llegado después del arranque, era la única explicación.
Por todo el tiempo que la carrera estuvo detenida, me acomodé de todas las formas posibles para poder ver mejor a la persona, pero tuve que parar porque empecé a notar que a mis vecinos de lugar los estaba poniendo incómodos y sus caras me lo hacían notar. Decidí bajar por las escalaras de la tribuna y volver a subir, pero en cuanto empecé a ir para el lado de las escaleras la carrera se reinició y volví a mi lugar. A mis vecinos no les gustó todo ese revuelo.
Se reinició la carrera y al final de cuentas, si bien fue una carrera entretenida, el ganador fue el favorito de la temporada. Los tifosi, fanáticos de Ferrari y que eran la mayoría en donde estaba sentada, no estaban muy contentos, así que tuve que disimular mi alegría porque había ganado mi piloto preferido. Después de la carrera era común tratar de llegar lo más cerca posible del podio, para ver bien la entrega de premios, entonces abrían las puertas que llevaban a la pista. En la tribuna, empezamos a caminar hacia la puerta y sin querer me crucé con la persona que me había parecido que era Juan. Teniéndolo cerca me di cuenta de que poco se parecía al Juan que había conocido.
Si bien la lluvia no nos había dejado de acompañar ni por un minuto, toda la fiesta del podio fue hermosa. Por suerte, había muy pocas personas con paraguas, y se habían ubicado en los límites de la multitud, molestando lo mínimo posible la vista de los demás. En el momento que le entregaban el trofeo al primer puesto, sentí un leve empujón a mi izquierda. “Te deberían echar del autódromo por estar tan contenta de que ganó el holandés”. Miré al dueño de la voz y ahí estaba Juan, con su sonrisa a media asta de siempre, sin su gorra roja y con una capa de lluvia que nunca había visto. Sonreí aún más. Al final del día, lo que uno realmente tiene que encontrarse, se lo encuentra sea como sea.
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