El dueño de la gorra roja - parte 3.1
- Luly Manrique

- 12 abr 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 10 ago 2023
Parte 3
Cuando se terminó el campeonato y los pilotos y equipos se tomaron vacaciones, yo me la pasé entrando al sitio web de la Formula 1 para no extrañar tanto la rutina de ver una calificación el sábado y una carrera el domingo. En una de mis visitas al sitio, vi una noticia que anunciaba que se iban a habilitar en los próximos días la venta de entradas para algunas carreras del año. Busqué en el listado si aparecía la de mi ciudad, y efectivamente allí estaba, con fecha y horarios confirmados. Automáticamente se me vino a la cabeza el recuerdo de Juan, el año pasado, mientras esperábamos el colectivo: habíamos arreglado para comprar las entradas al mismo tiempo y ver la carrera juntos, esta vez no por casualidad sino por causalidad. Además, mientras miraba el botón de “comprar”, me acordé de que no solo habíamos dicho de ver la carrera sino también de ir a los entrenamientos del viernes y la clasificación del sábado, lo que significaba que íbamos a compartir todo el fin de semana.
Pensé en escribirle para coordinar la compra de las entradas y abrí mi billetera para rescatar el ticket de compras en donde estaba su correo de email. La tinta aún no se había borrado y el correo estaba escrito con una letra cursiva e inclinada que apenas se podía entender lo que decía. Escribí y borré unas veinte veces el mail, buscando las palabras ciertas. Me pregunté cómo se le escribía a un cuasi conocido con el que no había ningún vínculo y con el que no habíamos hablado durante semanas preguntándole si nuestro plan para dentro de varios meses seguía en pie. No pude enviarle el correo ese día, dejé un mail a medio terminar en la bandeja de borradores y decidí pensarlo hasta el día antes que se habilitara la compra. Él no me podía escribir porque no tenía mi correo así que la pelota estaba totalmente en mi cancha.
El día llegó y aún no había mandado el mail ni definido con seguridad qué decirle. Sabía que iba a tener que comprarlas al día siguiente si o si porque los lugares de la tribuna en la que nos habíamos encontrado – y que parecía que a ambos nos gustaba - se agotaban el primer día o hasta en las primeras horas. Capaz le podría haber mandado un simple “Hola, ¿cómo estás? Voy a comprar las entradas” o un “¿Te acordas de mí?”, pero ya no quedaba tiempo, no podía esperar su respuesta para accionar. Como las entradas no eran numeradas, decidí no mandar el mail y comprar al menos las mías de todas formas.
Al día siguiente me desperté temprano y compré las entradas a los pocos minutos de que habilitaran la venta. Aprovechando que aún estaba dormida, y sin pensarlo mucho, escribí un nuevo mail de dos líneas: “¡Hola, Juan! Espero que ande todo bien en lado del mundo en el que estes. ¡Ya tengo las entradas para mayo, espero verte! Abrazo. C.” Y le di al botón de “enviar” sin darle lugar a las dudas.
No sé si esperaba una respuesta o no, pero a los pocos segundos recibí una respuesta, pero no la que me había estado imaginando en los días previos: “Gracias por escribirme. Estaré fuera de la oficina por las próximas semanas. Te escribiré cuando regrese”. El mismo texto se leía en castellano e inglés, y leí ambas versiones varias veces para asimilar el mensaje.
Al cabo de unos minutos entendí que ya no quedaba mucho para hacer de mi parte. Ya tenía las entradas, ya había dado aviso, solo restaba esperar el día de la carrera. Una respuesta al mail era poco probable, seguro que pasaría desapercibido entre un sinfín de mails laborales y de mayor importancia. Los días siguientes miré atentamente la bandeja de entrada para ver si llegaba algo, pero al cabo de unos días, mi cabeza dio por finalizado el asunto y solo me acordé de Juan unos días antes de la carrera.
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