El dueño de la gorra roja - parte 2.1
- Luly Manrique

- 2 abr 2023
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 10 ago 2023
Parte 2
“El año pasado se largó a llover a mitad de la carrera y terminó siendo muy entretenida. Hoy no creo que pase lo mismo, probablemente se gane dependiendo de la estrategia de los equipos” escuché que le decía un padre a su hijo mientras se sentaban adelante mío en la misma tribuna del año pasado en el autódromo de la ciudad que ya casi podía llamar de hogar. El lugar que había conseguido en aquel entonces era un poco mejor, pero aún seguía viendo perfectamente la recta principal.
El comentario del padre me dio ternura y dudé si haber traído el paraguas había sido un error. A la mañana el pronóstico no había anunciado lluvias, de hecho, toda la semana había sido testigo de un sol radiante y un cielo despejado. Sin embargo, el fiasco del olvido de la capa de lluvia de hacía 365 días atrás me había enseñado a siempre tener algo a mano en este tipo de evento. Si la atmósfera decidía darnos una sorpresa, yo estaba lista.
Había llegado bastante antes de la largada así podía comer algo tranquila, antes que los nervios me cerraran el estómago. La espera antes del inicio de la carrera se me pasó bastante rápido, me entretuve escuchando todas las preguntas del nene y todas las respuestas de su progenitor. Por lo que pude percibir, el padre era un fanático del deporte hacía mucho tiempo y conocía bien las idas y vueltas de los equipos y los pases de pilotos entre ellos. También nombró varios cambios en el nuevo reglamento de ese año que se me habían olvidado. Fue como entrar en un túnel del tiempo al mismo tiempo que tenía una clase intensiva, pero express sobre el ABC de la Fórmula 1.
Me hizo acordar a mi papá, y los domingos a la mañana viendo la carrera con él. Yo debía tener unos seis o siete años cuando empecé a prestarle atención a los motores rugientes que salían de la televisión, y a mi papá no se lo podía molestar en esas dos horas sagradas del domingo. Mientras veía cómo el autódromo se llenaba cada vez más y los autos se empezaban a acomodar en su posición en la grilla de largada, me acordaba de las explicaciones sobre motores y neumáticos y se me vino a la cabeza mi hermano tratando de adivinar las estrategias. En ese momento sentí nostalgia y me pregunté por qué nunca los había invitado a venir a ver una carrera conmigo a la ciudad.
En ese último año mi trabajo había cambiado un poco y mis jefes no me habían pedido que cambie de sede a los ocho meses como venía pasando anteriormente. De hecho, cuando cumplí los diez meses me habían agradecido por el esfuerzo realizado los años anteriores y me dijeron que, si yo estaba de acuerdo, me quedaría en esa ciudad por un tiempo prolongado. La idea me descolocó porque estaba preparada para otra cosa, para el pedido de mudanza. Ellos me dijeron que lo piense y así fue.
Me pasé la semana siguiente a la charla recorriendo las calles y yendo a los lugares menos turísticos. El día anterior al que yo les tenía que transmitir mi decisión, me había sentado a tomar un café en una cafetería cerca de mi departamento. Me atendió el dueño, me saludó como si fuera una vieja conocida y hablamos un rato sobre las últimas noticias del barrio. Cuando me senté a tomar mi café, me sentí como en casa. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que pertenecía a un lugar y me encantó el sentimiento, me hacía sentir protegida y cuidada. Al día siguiente, les dije a mis jefes que me quería quedar y encantados me renovaron el contrato con una sede prácticamente permanente.
El sonido de la voz de los comentaristas por los parlantes anunció el comienzo de la carrera y la primera curva generó pequeños cambios en la grilla, más que nada entre el primero y el segundo, y el cuarto y el tercer lugar. A mitad de la carrera me di cuenta de que el padre del nene de adelante había estado en lo cierto: la carrera se iba a ganar por las estrategias de los equipos, en otras palabras, por quienes entraran a boxes primero y el tipo de neumáticos pusieran. No se podía ver ni una nube en el horizonte, y el viento estaba tranquilo, no había ninguna indicación de que se iba a largar a llover en los cuarenta minutos que restaban de carrera.
Había subido tanto la temperatura, que no me había dado cuenta de que ya me había tomado toda la bebida que había comprado antes. Miré alrededor para ver si alguno de los vendedores de bebidas estaba cerca. Con la mirada encontré a uno atrás mío, para la derecha, que estaba protegiéndose del sol abajo de un techito que cubría una zona de la tribuna. En el momento que le hice señas, mis ojos vieron una cara conocida en el medio de la multitud. Por unos segundos no había podido discernir cuál de todos los rostros con gorra roja que estaba mirando era el que me había llamado la atención. En el momento que el vendedor llegó donde yo estaba, pude encontrar quién era y entender la razón por la cual me había resultado familiar.
Juan estaba con la frente fruncida, con el cuerpo hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y sosteniendo en las manos un vaso rojo. La gorra voladora del año pasado se ubicaba perfectamente en su cabeza, sin indicar ningún tipo de movimiento para escapar de su dueño. Estaba cerca mío, pero no lo suficiente como para que lo llamara y me escuche. Menos con el ruido a motores y gente hablando que había en ese momento.
“¿Agua o gaseosa?” El vendedor de bebidas me miraba con cara impaciente, sin saber por qué aún no le había indicado mi pedido. Su pregunta detuvo mi hilo de pensamientos, devolviéndome a la realidad inmediatamente.
Le pedí una botella de agua sin gas y le pagué el sobreprecio absurdo que me dijo que costaba. Ir a una carrera de Fórmula 1 costaba una fortuna por múltiples razones. Lo volví a mirar a Juan y seguía tan concentrado como minutos atrás. Sonreí y volví mi mirada hacia delante para terminar de disfrutar las últimas vueltas de carrera que quedaban.
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