top of page

El dueño de la gorra roja - parte 2.2

  • Foto del escritor: Luly Manrique
    Luly Manrique
  • 8 abr 2023
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 10 ago 2023

Cuando terminó la carrera, me sentí bastante boluda mientras bajaba las escaleras de la tribuna y trataba de seguir con la vista a una gorra roja en el medio de una mar de gorras rojas. La tarea requería toda mi concentración, no podía desviar la vista porque estaba segura de que, si lo hacía, iba perder a mi objetivo. Mientras mitad de mi cerebro estaba encaprichado en cruzármelo a Juan y le parecía una excelente idea, la otra mitad no podía dejar de preguntarse qué pensaba hacer y decirle cuando lo alcance.


Estábamos bajando lento, la multitud parecía un rodeo de vacas acercándose a la puerta de una granja. Por concentrarme tanto en la gorra roja que decía “Scuderia Ferrari” en la parte de atrás, no vi al nene de adelante que paró de repente. Como era de esperarse, me lo terminé llevando por delante.


El nene se quejó por el golpe, y el padre me miró mal mientras yo tartamudeaba palabras de disculpas sin saber qué hacer. Por el minuto siguiente, solo podía mirar el piso a modo de penitencia, repensando lo que había pasado. ¿Me había llevado puesto a alguien por querer encontrarme con un - prácticamente - desconocido? Sentí que el universo me lo había puesto adelante al nene como para traerme de nuevo al mundo real. Levanté la cabeza y era imposible saber quién era el dueño de la gorra roja que había sido el objeto de mi encaprichamiento.


Una vez que terminó la ceremonia de premiación y pasé por el portón de salida, pude respirar libremente, sin personas grandes y chicas empujándome por todos lados. Traté de buscar una sombra para tomar un poco de agua. Debajo de unos árboles, me quedé mirando la entrada del autódromo y la gente saliendo que cada vez estaba menos amontonada. La lógica del negocio de este deporte seguía fascinándome día a día, año a año. Personas, miles de personas, pagaban para ver autos de carrera girando alrededor de un circuito por una hora y media. Era algo que parecía sencillo y hasta aburrido, pero por alguna razón, al final del día resultaba fascinante.

Cuando no sentí más sed y se me había ido el calor, decidí emprender la vuelta a casa, que seguro iba a tomar una buena cantidad de tiempo. Al momento de guardar la botella en la mochila sentí que alguien se había parado cerca mío y me miraba. Por un momento pensé que era algún vendedor de merchandising trucho. Me di vuelta lentamente y me encontré una gorra de Ferrari mirándome de frente.


“Por un momento pensé que no eras vos” Juan se acercó un poco más, con los ojos protegidos por los anteojos de sol. Le sonreí brevemente y nos saludamos. Por alguna extraña razón lo recordaba más alto.


Le pregunté si estaba de vuelta en la ciudad por trabajo y me dijo que si, que había conseguido hacer coincidir la visita a los clientes de allí con la semana después de la carrera. Se iba a quedar hasta el miércoles. Después de preguntas mundanas sobre trabajo, familias y viajes de trabajo, propuso ir a tomar un café. “Conozco un lugar muy bueno que no está muy lejos”. Acepté, al final de cuentas no tenía más nada que hacer por el resto del domingo. De cierta forma me encantaba que él haya sugerido el plan.


Decidimos ir caminando al lugar porque el transporte público estaba lleno de fans y ambos queríamos charlar tranquilos. Lo de muy lejos no se debí habérselo creído porque tardamos una hora en llegar, pero la cafetería realmente era muy linda. Si bien la temática no era muy original – la Fórmula 1 – había que darle crédito que estaba bien ambientada y tenía objetos de los primeros equipos y pilotos que solamente había llegado a ver en museos.


Juan vio mi asombro cuando entramos y me explicó que los dueños vivían ahí hacía muchísimos años, que de chicos habían visto las primeras carreras de Fórmula 1. Le hice un par de preguntas sobre unos cascos y objetos que fui viendo en las paredes y rápidamente me di cuenta de que Juan era un nerd de las estadísticas y datos del automovilismo. Cuando nos sentamos, se acercó a la mesa un hombre mayor, con muchas arrugas en la cara que delataban sus años. Por su apariencia, me dio la sensación de que era uno de los dueños.


A Juan lo saludó como si lo conociera hacía mucho tiempo. Se presentó como Antonio, me saludó con dos besos y se sorprendió gratamente cuando le dije que veía carreras desde chica. Se quedó hablando con nosotros durante unos minutos, mechando anécdotas de antaño con algunas actuales. Con cada nueva historia que contaba, mi cabeza trataba de calcular qué edad tenía. Concluí que debía tener al menos noventa, y me sorprendí con lo lúcido y entero que estaba para tener esa edad.


Eventualmente vino a la mesa un chico más joven vestido con un delantal y nos preguntó qué íbamos a pedir. Juan se pidió un ristretto y yo me pedí un café con leche. Antonio insistió para que probáramos los cannoli de la casa, que él invitaba. Cuando llegaron entendí por qué lo decía. En todo mi tiempo en el país, nunca había probado unos cannolis tan deliciosos.


Nos quedamos toda la tarde en el café y fue como ponerse al día con un viejo amigo. Le conté de mi decisión de quedarme en la ciudad y que venía viajando menos, aunque prontamente iba a volver a Buenos Aires para ver a la familia al menos por algunas semanas. Él me contó sobre los viajes que le habían tocado ese último año, pero que pensaba que ya el año que viene iba a pedir no viajar tanto. “Algunas veces uno necesita quedarse quieto por un tiempo”. Lo entendí y al mismo tiempo me sentí comprendida.


Durante todas esas horas, el mozo nos hizo refill de las bebidas y cannolis unas cuantas veces, pero ninguna sin que nosotros se lo pidiéramos. Cada vez que venía, cuando miraba al mostrador de la cafetería estaba Antonio mirándonos como constatando que todo saliera bien. Le pregunté a Juan si lo conocía hace mucho y me dijo que sí, que la familia paterna de él vivía no muy lejos de ahí. Me dijo que cuando era chico siempre venían de vacaciones a ver a la abuela, cuando aún vivía, y que la visita al autódromo y al café de Antonio eran paradas obligatorias. Me contó sobre su familia y los hábitos familiares que habían perdurado durante años y que él quería seguir manteniéndolos. Me pareció hermoso tener una conexión familiar tan pura y genuina.


Eventualmente se hizo de noche y decidimos que era mejor ir andando. Me dijo que ya tenía planes, pero que le había encantado pasar la tarde conmigo. Se me infló el corazón cuando me dijo eso y sentí la sangre subir a mi cara. Como pude le dije que a mí también me había encantado y tuve ganas de pedirle el celular para quedarnos en contacto, pero no lo hice. Fuimos caminando juntos hasta la parada del colectivo, pero nos tomamos líneas distintas porque íbamos a lugares diferentes de la ciudad.


Antes de despedirnos, acordamos vernos para el Gran Premio del año siguiente. Él me anotó su correo de mail atrás de un ticket de alguna compra que había hecho antes de subirse a su colectivo y eso fue toda la organización que llegamos a hacer. Cuando estaba camino a mi casa, no entendía cómo habíamos acordado tal cosa y una sensación extraña de entusiasmo y miedo corría por todo mi cuerpo.

Entusiasmo para que llegue el año que viene, la próxima carrera, para divertirme nuevamente tanto como lo había hecho ese día – a pesar del accidente con el nene en el autódromo. Miedo porque había hecho algo inesperado, poco calculado y que podía salir mal.

Me pasé toda la noche pensando en los miles de escenarios que podían ocurrir en 365 días y entré varias veces al sitio web de la Fórmula 1 para ver si ya había fechas para el año que viene. Me metí en la ducha para calmar un poco la ansiedad. Cuando me fui a dormir, traté de ser positiva y pensar que muchas cosas podían salir mal, como no encontrarnos, que alguno tenga que viajar justo en esa fecha o que no consigamos entradas. Pero realmente ¿qué tanto podía salir mal?

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

bottom of page