El chape de las 8 de la mañana
- 8 feb 2023
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Actualizado: 24 ago 2023
En el balcón de mi departamento, la noche parecía más tranquila de lo que mi cabeza pensaba. Hacía tres horas que habíamos arreglado para ir a tomar algo juntos, y en 15 minutos tenía que salir. La inevitable duda de si llegar puntual o un poco más tarde seguía latiendo en mi cabeza. Ese tipo de preguntas era un gasto de energía inútil porque a él no le iba a importar ese milimétrico detalle. Miré el reloj por enésima vez y los minutos parecían arrastrarse de manera lenta a través del tiempo. La luna me miraba desde arriba con una sonrisa torcida.
Pensé en la poca expectativa que le tenía a esta salida. La última vez que nos habíamos visto fue hace dos meses y nos habíamos despedido como buenos amigos. Sin duda la charla fue cautivante y la noche en general había estado bien, pero la tensión entre ambos no desembocó en ningún lado. Esa última experiencia fijaba el nivel de la vara de hoy: muy baja, estaba esperando que nada ocurriera. Qué difíciles se vuelven los asuntos del corazón cuando el interés que uno tiene recae sobre alguien que no corresponde nuestros deseos. Amores no correspondidos le dicen. Yo por momentos creo que es puro masoquismo.
Finalmente se hizo la hora. Agarré mi abrigo de la silla de la cocina y disparé para afuera de mi casa. “Por favor, que cuando vuelva a abrir esta puerta, esté más contenta” pensé. Al final de cuentas, la esperanza es lo último que se pierde.
La moza se acercó tímidamente a nuestra mesa para dejarnos la cuenta. El bar estaba cerrando y nosotros seguíamos charlando. Él pagó, yo dejé la propina y empezamos a caminar por el barrio. Paramos en algunas esquinas, yo parándome estratégicamente cerca de él para facilitar un beso. En el fondo de mi cabeza resonaba una voz que se preguntaba “si estamos en la era del feminismo, ¿por qué estoy esperando que él avance cuando yo sé que lo quiero besar?”. Cuando mi paciencia parecía acabarse y sentía unas fuertes ganas de callarlo con un beso, él se movía o miraba para otro lado. Capaz sabía leer mentes y no me lo había dicho.
Compramos unas latitas de cerveza y nos quedamos un par de horas charlando en un banco de la calle. La luna seguía con su mueca tan característica, aunque ya había recorrido una buena parte de su camino nocturno. A esta altura de la conversación yo ya me acordaba del nombre de todos sus hermanos y primos, conocía las anécdotas de las últimas tres o cuatro vacaciones, sabía qué cosas le molestaban de su carrera y de su trabajo, entendía cuál era su posición respecto al COVID-19 y la guerra de Rusia con Ucrania, y le había pasado todos los consejos que se me pudieron ocurrir sobre cocina y cuidado de plantas. Él me había escuchado hablar sobre el vínculo que tengo con mis amigas, mi familia y hasta con mi gato, y ya sabía cosas que a algunas de mis amigas aún no les había llegado a contar, como por ejemplo que me habían aceptado en un laburo nuevo. En cuanto creía que se nos habían terminado los temas de conversación, aparecía alguno más.
A eso de las tres de la mañana mi vejiga dijo basta y mi paciencia la acompañó. Le dije que tenía que ir al baño, pero que la podíamos seguir en mi casa que tenía más bebida. Por un momento pensé que me iba a rechazar, que iba a decirme alguna excusa del estilo “mañana tengo una reunión importante temprano, mejor me voy a mi casa”, pero contra todo pronóstico aceptó la invitación.
Sentía los ojos rojos, los párpados semi cerrados y la cabeza pesada. A él lo veía cerca y por momentos borroso. Hacía unas ocho horas que no parábamos de hablar y nuestros labios no se habían encontrado aún. Además, había pasado un buen rato desde que la luz del sol entraba por la ventana del living, y la luna ya no me acompañaba.
En cierto momento me di cuenta de que habíamos estado callados por varios minutos. ¿Será que lo mucho que iba a pasar hoy era quedarnos dormidos en el sillón, uno al lado del otro? Me negué rotundamente a ese evento desafortunado y de algún lugar de mi ser saqué la fuerza para plantarle un beso en la boca. Y ahí se jugaron todas las cartas, no había vuelta atrás.
Mil pensamientos pasaron por mi cabeza, pero ralentizados por el sueño y el alcohol. Los dos teníamos sabor a cerveza, y la situación duró lo suficiente para que empiece a pensar en que necesitaba un vaso de agua. Pero al mismo tiempo, no sabía si íbamos a seguir si me paraba a hacer otra cosa. Había mucho en juego, mucho para perder. Soporté la sequedad de mi boca hasta que ambos paramos para tomar aire.
Nos miramos sin decir nada y me dijo “Bueno, creo que es hora de que me vuelva a casa”. Por alguna razón esa frase no me causó ninguna sorpresa, aunque la decepción se hizo sentir igual. Asentí, tiré algún chiste vinculado a que ya era de día y me busqué el tan ansiado vaso de agua. Ya nada podía hacer para que se quedara.
A la mañana siguiente, cuando me desperté después de haber dormido unas tres horas, reviví en mi cabeza todo lo que había pasado, desde el entusiasmo que me agarró cuando lo vi en el bar hasta la decepción cuando le abrí la puerta de mi departamento para que se fuera. En tiempos de amores virtuales, dudé si en escribirle o no.
Después de varias horas tratando de trabajar mientras tenía flashes de la noche anterior invadiéndome cada tanto, decidí que no lo iba a buscar. Yo merecía más que esas migajas, esas mínimas acciones que indicaban cierto interés. No le escribí y como era de esperar, él tampoco me escribió. Me pasé los días siguientes evitando caer en la tentación de hablarle, de reaccionarle a una historia, de buscarlo de alguna forma. Tomó todo de mí, pero en retrospectiva fue lo correcto.
Hoy es solo una anécdota divertida entre amigas. Hoy es solo una lección aprendida.
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