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Carilinas en el subte B

  • 7 may 2023
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 11 oct 2023

El terciopelo rojo y desgastado del asiento le daba calor, y la falta de ventilación en el vagón la ahogaba. Delante de ella pasó una nena de más o menos unos ocho años y le dejó un paquete de carilinas en la falda. Tenía un papel pegado que decía “$100” en marcador negro indeleble. Hizo la cuenta rápido en su cabeza y le pareció barato para los precios que se manejaban en ese momento y empezó a sacar la billetera de la mochila. Sacó un par de billetes, los enrolló en su mano y observó el recorrido de la nena antes que volviera donde estaba ella.


El subte estaba lleno a esa hora, explotado. Mismo después de meses de hacer ese mismo recorrido en ese mismo horario, no podía acostumbrarse a la cantidad de gente que viajaba en esos trenes subterráneos. ¿Nadie tenía miedo de que la tierra arriba de ellos cediera? El vaivén en el andar del sube y el ruido del metal de los rieles contra el metal de las ruedas ya le resultaban familiares, aunque aún le llamaba la atención la naturalización de la gente acerca de ese medio de transporte. Pensó en su pueblo natal y en como allá apenas habían dos líneas de colectivos para movimentarse sin vehículo propio.


A la nena no la podía ver bien, pero entre los espacios entre las personas pudo discernir que estaba en el otro extremo del vagón tratando de caminar entre todas las personas que estaban paradas en tres filas donde debían ser dos. Nadie la miraba a ella, estaban todos demasiados absortos en sus e-books de yoga new age o de novelas consideradas clásicos, o durmiendo o haciendo que duermen. Los pocos que la registraban la miraban con molestia y pocos se corrían con buena voluntad para dejarla pasar. Nadie le compraba el paquete de carilinas a precio regalado que les había dejado en sus piernas o que les ofrecía con esas manos diminutas y un poco sucias. ¿Nadie necesitaba carilinas en ese otoño cada vez más crudo o no querían comprarle a ella porque lo querían comprar a sobre precio en una farmacia de barrio?


Su vecino de asiento se levantó para bajar en la siguiente estación y en su lugar se sentó una chica más o menos de la misma edad que ella. Tenía uñas largas de esas de plástico que la gente de la ciudad se pega arriba de las suyas naturales y apenas podía teclear en el celular. Estaba mandando un audio en el teléfono, uno tras otro, sin bajar la voz como para que todos escuchen lo que estaba hablando. Miró alrededor y nadie la miraba, nadie le pidió que bajara el tono, ni siquiera la chica sentada del otro lado de ella que estaba leyendo un libro ni el chico parado adelante que tenía auriculares puestos. Nadie se miraba, estaban viajando todos juntos, pero todos solos, como si cada uno estuviera adentro de su propia burbuja. Se acordó como en el pueblo cuando vas a cualquier lado siempre te cruzas con un conocido, y si bien algunas veces daba fiaca, alguna palabra intercambiabas. Las ciudades le parecían demasiado impersonales por momentos.


Mientras estaba en el medio de su reflexión, un bracito flaquito le sacó el paquete de carilinas de la falda y tuvo que reaccionar rápido antes de que la nena se escabulla por el medio de los desconocidos. La llamó como pudo y le dijo que se lo compraba. Al final le dio $200, y le dijo que se compre algo para comer con lo que le daba de más. La nena asintió repetidamente sin emitir sonido y se guardó los billetes en una cartera rosa que tenía colgada. Pudo sentir las miradas de sus vecinos de viaje sobre ella, pero cuando los miró no pudo discernir un pensamiento o sentimiento en sus caras de poker. En el pueblo eran tan pocos y se conocían tanto que por muy disimulado que uno quisiera ser, alguien siempre sabía qué estabas pensando.


Le tocó bajar y tuvo que empujar a un par de personas que parecían no inmutarse ante sus pedidos de permiso. Cuando bajó, vio que la nena también había bajado y estaba contando sus billetes sentada en el piso cerca de una columna. Se le vino una sensación rara en el pecho: ella había venido a la ciudad para encontrar nuevas oportunidades, pero parecía que la ciudad no le daba oportunidad a cualquier persona.

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