Atardeceres pampeanos
- María Lourdes Manrique
- 11 nov 2023
- 4 Min. de lectura
La vaca me miró desde el otro lado del pastizal y no me animé a moverme ni un milímetro más. El sol se estaba poniendo hacia el oeste y tonos dorados y anaranjados pintaban toda la escena. Lo único que se podía escuchar era el canto de los pájaros en los árboles que estaban alrededor como formando una barrera protectora, y en este momento eran los únicos testigos de lo que estaba sucediendo.
Samanta me había recomendado venir para este lado del pueblo porque supuestamente iba a encontrar algunos campos con ciruelos llenos de frutos. “Los dueños de los campos no los cosechan” me dijo entre mates hacía unos dos días. “Y se echan a perder. Yo fui el fin de semana y me llené una bolsa con suficientes ciruelas como para hacerme varios dulces”. Me siguió incentivando y después de pasar 48 horas pensándolo, hoy agarré el auto y salí en busca de los ciruelos.
Fui manejando por la ruta, no muy lento, pero tampoco tan rápido que no pudiera discernir a los árboles en cuestión, sin tener una idea clara de dónde tenía que ir. Ella me había nombrado los campos de algunos conocidos que ella sabía que no iba a tener problema si me encontraban y trató de indicarme, pero mi memoria no me permitía recordar los nombres de las personas. Lo único que me dejaba tranquila es que los alambrados si bien parecen hirientes, su único fin es marcarle el límite a los animales que estaban pastando y no desincentivar algún robo.
El día había estado precioso sin una nube en el cielo. Eventualmente empecé a ver ciruelos y decidí frenar en el cuarto campo en los que los vi. Se podía ver una gran cantidad de ciruelos a unos 50 metros de distancia de la ruta y había pocas vacas y toros en esa parte del pastizal. Crucé el alambrado sin problemas, llevando conmigo solo mi celular y una bolsa para guardar los frutos. Cuando empecé a caminar sentí la tierra bajo mis zapatillas y los pastos altos rozando mis calzas negras. Me hipnotizó el movimiento de mis piernas entre esos hilos dorados con tonalidades naranjas gracias al atardecer. Toqué con las puntas de los dedos los pastos y sentí un leve cosquilleo. En ese momento fue cuando levanté la cabeza y vi a una de las vacas mirándome fijamente.
Paré en seco y le devolví la mirada. Una corriente fría corrió por mi espalda mientras se me pasaban mil pensamientos por la cabeza. ¿Por qué había hecho esto, si ni siquiera me gustaban tanto las ciruelas? ¿Por qué pensé que entrar a campos ajenos era una buena idea? Desvié la mirada para ver cómo estaba el resto de los animales y vi que solo uno de ellos me miraba. Lo tomé como una buena señal, pero no me animé a moverme de inmediato. Me pregunté si me convenía seguir o volver.
Aproveché el momento de reflexión para mirar alrededor: la luz del sol bajaba lentamente, apenas escondiéndose atrás de los árboles, bañando todo lo que tocaba. La imagen era hermosa y no dudé en sacar mi teléfono para retratarla. Escuché atentamente a los pájaros, a los autos que pasaban muy a cada tanto, y llegué a escuchar el sutil ruido de las vacas caminando sobre el pasto. Por un momento sentí que no quería seguir caminando, sino que ese momento de observación era lo único que necesitaba.
Después de varios minutos de contemplación y de mirarnos curiosamente con la vaca, decidí seguir caminando muy lento, pero sin miedo. Los ciruelos estaban atrás de ella, a su izquierda, así que no era necesario pasarle muy cerca. Seguí caminando lentamente, sin mirarla fijo, sino más bien de reojo y ella me miraba de igual forma mientras seguía rumiando unos pastos.
A los pocos metros de salir de su campo de visión, giré la cabeza y vi que había vuelto a pastar. Sentí que varios músculos se relajaban. Llegué a los ciruelos, pero después de mucho buscar, no vi ningún fruto. Caminé entre los numerosos árboles sin suerte, mirando las ramas, las hojas, todas aún embebidas en los colores del atardecer.
Cuando ya el sol había bajado por completo y solo quedaba una luz residual, decidí volver al auto. No me sentí frustrada, indignada o decepcionada. En la caminata de vuelta a la ruta, pasé de nuevo por al lado de la vaca que me había detenido antes y esta vez ni se molestó en levantar la cabeza para mirarme. Yo me sentía tranquila caminando por el pastizal, y hasta con un cierto sentimiento de satisfacción por haberme tomado el tiempo para contemplar lo que me rodeaba.
Al día siguiente la vi a Samanta y le relaté mi pequeña aventura. Se enterneció además de reírse de mi momento de enfrentamiento con el animal pampeano y de mi posterior reflexión. También hipotetizó que debía haber sido el campo de Juan, que le había comentado que iba a cosechar antes del fin de semana. “Debes haber caído en uno de los únicos campos sin ciruelos, una mala suerte tuviste” me dijo cuando terminé de contarle toda la secuencia. Por alguna extraña razón yo no sentía que había tenido mala suerte, sino todo lo contrario. Pensé en lo curioso que era que el miedo por la mirada de un animal fue lo que logró que me detuviera a contemplar la belleza de un atardecer en un pastizal pampeano.
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