La cuarentena del 2020 - 31
- Luly Manrique

- 13 sept 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 27 mar 2021
Viernes 14/08 – Día 153 de cuarentena
Hoy estoy con un mal humor inexplicable. El laburo anda bien (dentro de lo posible), mi familia anda toda bien, y hace como 10 días que no llueve. El mal humor que tengo es total y completamente inexplicable.
Lo más interesante de la semana fue que me corté el pelo. Bueno, cortarme el pelo en sí no fue interesante (aunque probar un nuevo peluquero siempre es una experiencia para recordar) pero si lo que hice después.
Sacar turno para ir a la peluquería no es una novedad. Lo nuevo es que llegas y no hay nadie. Te toman la temperatura, te cortan el pelo con el barbijo puesto, pagas y te vas. Así de sencillo. Después de eso me fui a la casa de mi tía. Me atendió mi prima y estuvimos hablando con un metro de distancia entre nosotras hasta que mis tíos terminaron con sus respectivas clases y se juntaron con nosotras. En ningún momento me saqué el barbijo y después de lavarme las manos, me las saqué con servilletas. Como no me iba a quedar a merendar, mi tía insistió en darme un paquete de galletitas para que me lleve a casa. Capaz estoy muy flaca. El paquete de galletitas aún no salió de adentro de mi cartera y hoy mi prima me avisó que ya había llegado el delivery con la merienda que vamos a comer mañana. Ah sí, mañana viene mi mamá para acá y mi tía nos invitó a merendar a la casa. La idea es que nos sentemos con distancia en el living – que es bastante grande – y disfrutemos de hablarnos en vivo y en directo.
El miércoles, después de pasar por lo de mi tía, fui a lo de mi abuela que queda a dos cuadras. En la casa de mi abuela sí me saqué el barbijo porque ellos – mi abuela, mi papá y mi prima – no lo usan adentro de casa y no tienen problema que venga alguien de afuera (siempre y cuando sea familia). A mi viejo ya lo había visto antes porque fue quien me llevó de mi casa al peluquero; a mi prima y a mi abuela hacía un mes que no las veía. Por lo menos hoy estábamos todos de buen humor así que la charla estuvo buena. Merendé con mi prima y después ella me propuso ir a la plaza a caminar. Y eso sí fue interesante.
La plaza de Arenales, o también conocida como la plaza de Devoto, no es una plaza enorme ni chica. Tiene el tamaño justo y cuenta con todo lo que una buena plaza tiene que tener: juego para los chicos, una forma de cruzarla en diagonal para acortar camino y mucho pasto para sentarse a matear. Evidentemente no estaba abierta para caminar por el medio (creo que eso ocurre los fines de semana) pero si tenía las calles de alrededor cortadas para que la gente se pudiera mover con libertad.
Hace unas semanas – o más – que la gente puede salir a caminar por las plazas. Parece que hay una regla que no sé si es implícita o explícita, pero los que caminan van por la vereda de la plaza y los que van en bici o rollers van por la calle que rodea la plaza. Eso lo aprendí de mi prima y me pareció fascinante ver como cada uno va por su lado, como las familias y amigos se ven en este contexto, como la gente sociabiliza dentro de la “norma”, como la ciudad, gracias a las personas, vuelve a parecer una ciudad.
Lo particular de esta plaza, es que en uno de sus laterales tiene un hospital público. Cuando caminas por la plaza poder ver la entrada a la guardia, que evidentemente estaba totalmente vacía. También podes ver las unidades especialmente armadas para esta situación, donde te revisan si es que tenes fiebre. Pudimos ver, también, dos ambulancias paradas en la puerta. Me generó un no-sé-qué toda esa imagen, fue como estar viendo el virus en la cara, y en un contexto tan raro porque mientras podía ver gente caminando con barbijo o corriendo una al lado de la otra sin barbijo, también podía ver la entrada a un hospital que andá a saber si alguno de los que estuvo esa noche en la plaza termina usando. Fue ver la luz al final del túnel y la oscuridad en la que estamos inmersos en un mismo instante.
Para este fin de semana largo tengo planeado ver a mi mamá, a mis tíos y mi prima, y también salir a caminar con mis amigas de la facultad. Todavía no sabemos bien donde vamos a ir, pero por lo pronto seríamos como cinco las que vamos a “reunirnos”. Probablemente mantengamos distancia social mientras nos tomamos un café en un lugar sin mucha gente y con suficiente espacio para estar tranquilas. Va a ser muy lindo y raro a la vez.
Estamos volviendo, muy de a poco, como el arrastre de un caracol.



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