La cuarentena del 2020 - 28
- Luly Manrique

- 27 jul 2020
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 27 mar 2021
Martes 14/07 – día 121 de cuarentena
Hoy me tocó ir al dentista.
Tengo brakets hace un año y nueve meses, y desde que me los puse voy religiosamente una vez por mes al dentista a que me haga control. Eso fue así hasta que estalló la pandemia. Desde la primera o segunda semana de marzo que no iba al dentista y mis aparatos me lo estaban haciendo sentir.
En los casi cuatro meses de cuarentena se me rompieron tres gomitas. Las gomitas, a mi entender, es lo que mantiene el alambre en su lugar (perdón a los dentistas que lean esto y sepan que estoy diciendo pavadas). Por lo cual sin tenía tres gomitas menos, quería decir que parte del alambre se me corría cuando comía…lo que en ciertas situaciones puede ser molesto. El turno me lo dieron antes que la cuarentena se vuelva a poner “rígida” y estaba calificado como “urgencia” por lo tanto no me lo cancelaron. De urgente realmente no había nada, pero estar cuatro meses sin ir al dentista cuando el tratamiento está llegando al final puede ser un tanto tedioso.
La cuestión es que tenía el turno a las 11:30 de la mañana entonces me pedí la mañana en el laburo. Ayer a la noche me fijé en el Google Maps cuánto iba a tardar en ir para allá. Mi dentista no queda tan cerca de mi casa: en la época pre pandemia eran 40 minutos de bondi más la caminata a la parada y la espera del bondi. Yo siempre le calculaba más o menos una hora. Por lo cual cuando el Google Maps me dijo que iba a tardar hora y media, me sorprendí muchísimo. Asumí que por la cuarentena había menos bondis en la calle o que andaban a una menor velocidad...cualquier excusa para justificar al algoritmo que me decía algo que yo no entendía. Entonces calculé para salir a las 10 de la mañana…pero como tenía que cargar la SUBE antes, decidí salir un rato antes. Salí exactamente a las 9:30 de la mañana, dos horas antes de mi turno.
Fui hasta la estación de subte y encaré las escaleras que antes bajaba todos los días sin pensar mucho. Las miré y sentí vértigo. Fue todo raro…a esa hora, un día “normal”, esas escalaras hubieran estado llenas de gente. Pero hoy estaban vacías como también lo estaba el hall de la estación. Miré para todos lados y solo vi una policía. Cargué mi SUBE con la máquina y me dirigí hacia la escalera mecánica de salida que se encuentra del otro lado de la estación. Sonreí al verla. Sí, sonreí al ver una escalera mecánica. Y después pensé “qué loco todo esto”. Al empezar a subir y salir de la estación, volví a sentir – como de costumbre al salir por esa escalera – el intenso olor a pescado proveniente de la pescadería. “Eso sí que no lo extraño” pensé.
Caminé media cuadra hacia la parada del colectivo y miré el reloj que marcaba las 9:45. Estaba muy bien de tiempo por lo cual no me puse ansiosa por si venía o no el colectivo. Pero como es lo usual, cuando uno no está apurado el colectivo viene enseguida. Ni con una pandemia cambian esas cosas. Me subí al colectivo (por la parte de atrás pensando que aún se debía hacer eso…pero en realidad ahora se puede subir por la parte de adelante del colectivo) y busqué un lugar alejado. No fue difícil encontrarlo porque había, como mucho, unas siete personas.
El viaje fue tranquilo ya que muy pocas personas se subieron al colectivo. El tema fue que aún eran las 10 de la mañana cuando ya estaba a unos 5 o 10 minutos de llegar a destino. Decidí bajar unas cuadras antes y caminar. Caminé, pero me seguía sobrando más de una hora (y no podía entrar a la clínica porque no dejan que la gente se quede en la sala de espera). Decidí recorrer el barrio que es muy lindo…aunque en el medio de esta situación me llenó un poco de tristeza. Los bares estaban cerrados y había muy poca gente caminando: solo personas paseando al perro o con los hijos. El movimiento turístico tan particular de esa zona se había apagado, desaparecido, desvanecido en el aire cuarentenil. Caminé con tranquilidad, pero con cierta incomodidad. En un día “normal”, si hubiera llegado tanto tiempo antes me hubiera ido a tomar un café a algún bar, hubiera elegido una mesa cerca de la ventana para poder ver el bullicio de gente en la calle. Si hay algo que amo hacer en mi día a día es detenerme y mirar a las personas mientras van de un lado al otro completamente absortas en su realidad sin darse cuenta que hay todo un mar de personas alrededor suyo. Eso me hace ganar perspectiva acerca de la vida – ya que al hacer eso refirmo que cada uno es un mundo – y eso es algo que hoy en día no puedo hacer más.
Después de caminar por una hora y media se hizo la hora de mi turno. Toqué el timbre y me dejaron entrar. Lo primero que hicieron fue tomarme la temperatura: “treinta y tres” dijo en voz alta la persona que me recibió. Después una mujer me pidió que me quedara quieta y me roció la ropa con alcohol 70° diluido en agua. Por último me pidieron que pase al baño a lavarme las manos. Recién después de todo ese ritual me recepcionaron…mientas me separaba un acrílico de la recepcionista (la cual conocía de antes y me puse bastante contenta al ver que seguía ahí).
Subí al tercer piso donde queda el consultorio y me encontré con una sala de espera vacía. En mi mente ese lugar normalmente es un lío: gente entrando y saliendo, las recepcionistas que te llaman y atienden, los asientos prácticamente todos completos y la alarma de la televisión que suena cada vez que un paciente es solicitado por su odontólogo. Pero adelante mío había una sala con solo una persona sentada, sin recepcionistas y con la televisión apagada. De vuelta me invadió una sensación de plena incomodidad.
Yo pensé que al entrar al consultorio mi odontóloga iba a estar cual astronauta con todo lo que hay disponible hoy en día para protegerse. Pero no, nuevamente el mundo decidió sorprenderme. Ella estaba igual a como la hubiera encontrada en una situación sin pandemia. Lo único diferente es que no estaba tan maquillada, pero eso solo me di cuenta porque en cuanto me senté me comentó que ya no se maquillaba. Sí cuando me desperté me hubieras dicho que iba a charlar con mi odontóloga y su asistente de como en la cuarentena uno ya no se maquilla, no te hubiera creído. Pero así sucedió y eso fue lo mucho que hablamos durante mi permanencia en el consultorio. Antes de emprender mi vuelta, me dijo que los aparatos prácticamente ya estaban para sacar. Una buena.
Emprendí la vuelta y me alegró ver un poco más de gente por la calle. Capaz al ser un día bastante frío de invierno la gente decidió salir después del mediodía…
(Cuando me fui a dormir reflexioné sobre cómo el mundo es mundo por la gente que está en él y como en este momento…el mundo no parece él mismo).



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