La cuarentena del 2020 - 22
- Luly Manrique

- 23 may 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 27 mar 2021
Miércoles 20/05 – Día 66 de cuarentena
Voy a hablar de un único tema: el home office en cuarentena.
Me pudrí de trabajar en casa. Sí, hay múltiples beneficios: te podes levantar unos 15-20 minutos antes que arranque el horario laboral, no necesitas andar en zapatos o zapatillas (aunque el arco del pie por momentos te lo pide), no necesitas armarte la vianda el día anterior, no necesitas ver el pronóstico antes de salir de casa para saber si tenes que llevar paraguas o no.
Sí, tiene múltiples beneficios y para muchos es la panacea, pero en el medio de una pandemia, si bien el home office disminuye significativamente tus posibilidades de enfermarte, también te encierra aún más.
¿Qué quiero decir con eso? Vi varios posteos en internet que decían cosas de este estilo: “no estás trabajando desde casa, estas tratando de trabajar, en el medio de una pandemia, desde tu casa”. Estoy total y completamente privada de mis libertades, no estoy trabajando desde casa porque es más cómodo, es porque es lo necesario.
Debo admitir que es más cómodo para hacer trabajos de evaluación, redacción o lectura. Pero para organizar el laburo que se debe hacer entre varios, es caótico, ralentiza todo. Personalmente, si no tengo una fecha límite o un pedido urgente, hago todo más lento y me distraigo con todo. Hoy, por ejemplo, me puse un programa de radio, de esos que hacen entrevistas a otros, porque me aburre tanto lo que estoy haciendo (me aburre porque es el mismo laburo que estoy haciendo desde que arrancó la cuarentena) que si me pongo algo de fondo para que me distraiga, me concentro más. Es medio raro, pero tener algo que me genere una distracción hace que me concentre más en lo que tengo que hacer. Estoy segura que los psicólogos ya saben por qué esto ocurre y qué nombre tiene.
Son las 17:30 y arrancó a llover y, sí, es muy copado que ya esté adentro de casa por lo cual no me tengo que mojar en el trayecto oficina – casa. Sin embargo, extraño a horrores ir a la oficina.
Extraño caminar libremente por la vereda para ir al subte mientras elijo que canciones me van a acompañar hasta la oficina. ¿Llegar a la estación y tener que cargar la sube? Un clásico. El subte y sus demoras, su gente que te aprieta, su gente chivada en verano y su gente que ocupa demasiado lugar en el asiento de la línea B. También extraño bajarme en la estación Florida, arrancar a caminar por la peatonal y escuchar a los arbolitos gritando “cambio, cambio, cambio” y ver como los turistas los miran tanto con desconfianza como con curiosidad. Extraño saludar al portero del edificio y subir los cinco pisos por escalera porque tengo miedo que el ascensor se quede parado en algún piso (tiene fama de hacerlo).
No me voy a extender mucho en el ritual de todos los días una vez en la oficina. Los mates compartidos, ir oficina por oficina saludando a los que ya llegaron, cargar agua, prender la computadora; todas las pequeñas cosas que ocurren en el día a día que hacen que uno o se aburra o esté aceleradísimo o de mal humor. Reuniones espontáneas, encontrarse con otros en la cocina o el baño y charlar del olor a lavandina que hay; ir a imprimir algo y que no hayan hojas, regar las plantas y lavarse los dientes después de almorzar. Todos los días son diferentes en la oficina simplemente por el hecho de que interactuamos con personas y cada uno está pasando por un momento diferente en su vida. No hay un día idéntico a otro.
Con el home office no puedo decir lo mismo. Tampoco es que todos los días son exactamente iguales unos con los otros porque obvio que uno tiene llamadas y webinars que atender y ver. Las tareas mal que mal cambian día a día, semana a semana. Pero los almuerzos ya no tienen el “¿Qué comes hoy?” o “Voy a comprarme algo ¿alguien quiere algo de afuera?” (escribo esto y me estoy por poner a llorar). Las reuniones de oficina ya no tienen miradas cómplices, los cumpleaños no son compartidos con medialunas o torta para todos, y las charlas sobre qué hizo cada uno el finde ya no existen. Y no hay beneficio que me puedan decir de un home office que se extiende los 5 días hábiles que me haga preferir estar sola en mi casa.
Tengan en cuenta que aclaré “5 días hábiles”. No estoy en contra de uno o dos días de home office semanales. De hecho, creo que sería un gran beneficio porque uno podría optimizar muchísimo el tiempo, dejando los días que estas en la oficina para reunirte y hacer cosas en conjunto, y haciendo el trabajo de escritorio duro en casa. Sería mejor para el transporte público porque se descongestionaría un par de días y los gastos de la administración bajarían (menos gente yendo a trabajar, menos electricidad siendo utilizada…se transfiere el gasto al individuo).
Extraño la oficina, simplemente eso.



Comentarios