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El dueño de la gorra roja - parte 1.3

  • Foto del escritor: Luly Manrique
    Luly Manrique
  • 30 mar 2023
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 10 ago 2023

La carrera había sido mucho más interesante de lo que estaba esperando. La lluvia se mantuvo hasta el final, con una intensidad suficiente para causar patinadas, salidas de la pista y más choques. El preferido de la temporada no consiguió llegar al podio, lo que reactivó la pelea por el título, y dio mucho de qué hablar después de la carrera. Para salir del autódromo, Juan y yo habíamos decidido esperar a que salga la mayor parte de la gente, para no chocar a nadie con las puntas metálicas del paraguas. Para cuando llegamos al portón principal, la lluvia ya no se sentía, y yo amagué a saludarlo para que cada uno siguiera su camino. En ese momento me había parecido que la remera que estaba usando era negra, pero cuando la vi apoyada sobre una silla de mi casa bajo la luz tenue de la cocina, me di cuenta de que era azul oscuro.

El resto de su ropa estaba en mi cuarto, pero no me acordaba muy bien porqué solo la remera había quedado en la silla de la cocina. En la habitación de al lado, Juan seguía durmiendo. Debían ser las tres o cuatro de la mañana, y se repetía el mismo insomnio de siempre. Aún no conseguía entender por qué mismo seis meses después de la mudanza seguía levantándome en el medio de la noche. “Un té de manzanilla me va a ayudar” me había tratado de convencer cuando me cansé de mirar el techo y dar vueltas en el colchón. Pero en ese momento con ya una taza y media de té encima sabía que me había mentido de nuevo.


Me quedé mirando la remera un rato y se me vino a la cabeza una secuencia de imágenes que seguro iban a pasar en unas horas: Juan se iba a despertar, yo me iba a hacer la dormida, íbamos a improvisar un desayuno rápido y él se iba a ir para no volver nunca más. Así de sencillo, así de rápido y fugaz, como una carrera de Formula 1. De alguna forma esa cadena de pasos cuasi preestablecidos socialmente me generaba cierta tranquilidad, saber qué esperar de la situación me daba seguridad. Me pregunté qué pasaría si esos pasos no ocurrían tal cómo esperaba. La mente me quedó en blanco.


Escuché movimiento en la habitación de al lado, y como un fantasma, Juan se asomó por la puerta del cuarto. Me preguntó qué hora era, con los ojos semicerrados, tratando de acostumbrar los ojos a la claridad de la cocina.


Busqué con la mirada mi celular arriba de la mesa, pero no estaba. Aún no había ido a comprarme un reloj para colgar de la pared. Le respondí que no sabía, pero que seguramente era la mitad de la madrugada.


Me miró entre dormido y despierto, entre una expresión de entender todo y no entender nada. Confusión y certeza. Detuvo la mirada en su remera en la silla.


“Tendría que irme al hotel” me dijo mientras se acercaba a la remera para ponérsela.

Sin buscar retenerlo o saber el porqué de esa decisión, le pregunté si quería un té antes de irse. Pensé en que no iba a tener que fingir haber dormido bien durante la noche ni improvisar un desayuno. De cierta forma me dio un poco de alivio, porque las últimas veces que tuve que prepararle un desayuno a alguien, no tenía mucho en la heladera o la alacena para ofrecerle.


Me sonrió con esa sonrisa a media asta que ya me había dado cuenta de que era bien característica de él. Para ese entonces ya me la había dirigido al menos una docena de veces. Hasta había dudado de si era un tic psicológico que no podía controlar. Después de varias horas debatiendo internamente sobre esa posibilidad, concluí que no era un tic, sino que era de esas personas que guiñan el ojo sin saberlo, que lo hacen casi como un reflejo. Esa sonrisa estaba entre una sonrisa burlona e incómoda, pero que al final, de cierta manera, le combinaba con el estilo.


Puse agua en la pava para calentar, porque la que había calentado para mis tés ya se había enfriado bastante. El silencio de la madrugada de una ciudad que sí duerme de noche invadía el departamento. Ningún sonido se podía percibir además del sonido del agua tomando temperatura con el fuego de la hornalla y por la ventana entraba tímidamente la luz de la luna que cada tanto la tapaban las nubes de la tormenta que aún no se habían ido o desvanecido.


Juan, que se había sentado en lado opuesto a mí de la mesa, fue el primero en romper el silencio preguntándome si había podido dormir. Le contesté que no, que no había dormido muy bien, pero que no tenía nada que ver con él, sino que desde que me había mudado que tenía insomnio.


“A mí me cuesta dormir en mi casa en Buenos Aires” miró para afuera del departamento, como buscando algo, y quedó de perfil a mí. Desde esa perspectiva, se podía apreciar bien la línea dura del mentón, y los pelos que estaban sin peinar y mirando para arriba le daban un aire cómico. “Es raro, pero en los hoteles no tengo tanto problema para dormirme”. Volvió la mirada hacia la pava en la que el agua ya hacia sonido avisando que había hervido. “No puedo explicarlo bien porqué, algunas veces me siento extraño, pero me gusta abrir la puerta de la habitación y encontrarme personas en el pasillo o bajar a desayunar y que siempre haya alguien. Me siento más acompañado”.


Me levanté para preparar el té mientras pensaba en lo que me había dicho. Nunca había escuchado algo igual. Por lo general, a las personas no les gustaban los hoteles por el exceso de privacidad o por la frialdad de las personas que van y vienen y nunca intercambian una palabra. “Así como lo decís, parece como si un hotel fuera una casa de todos desconocidos” me animé responderle mientras le servía. “Una casa con un alquiler muy caro”


Nos reímos suavemente. La noche anterior, mientras estábamos cenando, me había contado que la madre lo había criado sola, y que durante su adolescencia ella tenía que trabajar hasta tarde y algunas veces hacer doble turno, y entonces él solía pasar muchas horas, hasta noches enteras, en las casas de amigos, de tías, de familiares cercanos, y hasta de vecinos. Entre vinos, había llegado a hipotetizar que capaz de más grande había terminado en un trabajo que imita su infancia: para hacerlo, tenía que moverse de casa en casa, de hotel en hotel.


Yo le había contado que en mi caso por la naturaleza de mi trabajo me terminaba mudando a las ciudades más que visitándolas, lo que me generaba una inestabilidad grande porque no podía instalarme por completo en ningún lugar. Además, vivía constantemente con medio a encariñarme porque sabía que no iba a durar mucho sea cual sea el vínculo que generaba. Al final del día, prefería no generar vínculos grandes a sentir que los perdía cada vez que me tenía que ir. Me preguntó por Buenos Aires y le respondí que al menos una vez al año volvía a mi ciudad natal. También le conté que los primeros años de esta dinámica de trabajo, mi familia me visitaba porque era la excusa perfecta para hacer turismo en lugares nuevos, pero que ya hacía varios meses que organizaban sus vacaciones sin importarse en la esquina del mundo en la que yo me encontraba.


Capaz ese instinto nómade nos había llevado a conectar entre medio de motores de primera línea y personas vestidas de rojo estridente. Juan se tenía que volver a la mañana siguiente a su base, a su puerto estable, y para eso tenía que salir del hotel temprano a la mañana. O, mejor dicho, en unas horas. Por eso su estadía en mi cocina duró lo mismo que tardó su té de manzanilla en enfriarse en la taza de porcelana.


Sin promesas, sin clichés, ni tampoco sutilezas diplomáticas, lo saludé en la puerta del edificio. Nuestra última interacción consistió en un beso en el cachete y una indicación de mi parte acerca de cuál era la mejor ruta para indicarle al taxista para llegar a su hotel sin que le de mil vueltas por la ciudad. Desde el hall de entrada, a través del video sucio de la puerta del edificio, lo vi en el borde de la verdad mientras esperaba que apareciera un taxi. El abrigo le combinaba con el paraguas extralarge que sostenía en la mano como si fuera un chupetín. Lo vi alzar la mano y en cuanto paró el auto miró de vuelta hacia el edificio. Me clavó nuevamente una sonrisa a media asta, para luego desaparecer adentro del auto.

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