El dueño de la gorra roja - parte 1.2
- Luly Manrique

- 28 mar 2023
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 10 ago 2023
A menos de la mitad de la carrera, empezó a relampaguear en el horizonte. El viento no tardó en hacerse notar y la gorra roja de mi vecino de la izquierda voló para mi lado. Por suerte, alguien en la punta de la fila de asientos la agarró y la empezaron a pasar mano a mano hasta que llegó de nuevo a su dueño.
Mientras le entregaba la gorra, me dijo que mejor la guardaba antes de perderla. Le sonreí. “Creo que es una buena idea. Parece que se viene la lluvia” le dije casi gritando para hacerme escuchar por encima del ruido de los motores.
Contra toda expectativa, me respondió de forma simpática, casi como si no le hubiera pisado la campera hacía unos minutos. “Un poco de lluvia podría ser interesante en este momento” me dijo y fue el pie perfecto para que dos fans del deporte arrancaran a intercambiar comentarios sobre los pilotos y el campeonato en general, sin darnos cuenta de que nos íbamos acercándo cada vez más para poder escucharnos. Al parecer él había venido a la ciudad por un viaje de trabajo, y como buen fanático del deporte había decidido quedarse el fin de semana para poder ver la carrera. Al parecer le llamó la atención que haya venido sola, tanto cuanto a mí me llamó la atención que, a pesar del viento, el pelo lo tenía intacto.
“Me llamo Juan”
“Clara”
En ese mismo momento, empecé a sentir un par de gotas cayendo sobre mi cuero cabelludo, y como no era una garua sino una lluvia fuerte, la tribuna se convirtió rápidamente en un mar de capas de lluvia de todos los colores, aunque se notaba que predominaba el rojo de La Scuderia.
Abrí la mochila para buscar mi capa de lluvia, porque el paraguas no era de lo más cómodo para este tipo de evento. No podía prestarle mucha atención a la tarea, porque en ese momento empezaron las entradas a boxes que sin dudas iban a cambiar el resultado de la carrera. Sentía como las gotas ya estaban empezando a mojar mi ropa, pero mismo revolviendo todo adentro de mi mochila, sin mirar mucho, no conseguía dar con la capa de lluvia. Al cabo de unos minutos, me di por vencida, seguro me la había olvidado en casa.
Miré para la izquierda y mi vecino me estaba mirando con cara divertida, o eso me pareció. Sin que le dijera nada, acercó su paraguas a mí. No era ideal, pero me protegía de gran parte de la lluvia. Le agradecí y solamente me sonrío, como si fuera de lo más normal del mundo compartirle el paraguas a alguien que tenes al lado.
No pasaron muchos minutos antes que hubieran salido de la pista más de dos autos, la grilla de posiciones se había mezclado y ya todos habían hecho paradas obligatorias en boxes. Estaba diluviando, no había forma de correr a más 200 km/h sin un buen agarre.
Al cabo de unos minutos habían suspendido la carrera porque había habido un choque lo suficientemente grande como para necesitar limpiar un pedazo de la pista. El silencio por parte de los motores permitía entablar una conversación sin gritar. Me acordé de los snacks que había comprado hacía unos momentos y esos sí los encontré rápido. Agarré una caja con unas bolitas de chocolate muy adictivas y le ofrecí a mi compañero de paraguas.
“Estaba segura de que había traído la capa de lluvia” improvisé mientras le acercaba la caja de snacks. “Antes de salir vi que estaba anunciado lluvia, era obvio que esto iba a pasar”.
“Puede suceder. Para las carreras también me gusta traer la capa de lluvia, pero solo encontré este hoy a la mañana” me respondió indicando con los ojos el paraguas que también combinaba con la gorra que había guardado hacía unos instantes. No era necesario preguntarle para que equipo hinchaba.
La frase de que no hay que juzgar a alguien por la primera impresión, al final del día termina siendo verdad. Empezamos a hablar y ya ni me acordaba de cómo había sonado su voz más temprano al teléfono. De hecho, el tono y la forma de hablar pertenecían a una persona paciente y calma, casi parecía una de esas personas que es difícil hacerlas enojar.
Mientras la carrera permaneció parada, hablamos sobre diversos temas. Al parecer, Juan trabajaba en una multinacional, y vivía en Buenos Aires. Por el rol que ocupaba en la empresa, lo hacían viajar bastante seguido, y de esa forma terminaba recorriendo diversas ciudades tales como Berlín, Hong Kong o Lima. Le terminé preguntando bastante sobre cómo son esas ciudades, y si bien pensé que estaba siendo muy entrometida, él nunca pareció incómodo o cansado de hablar sobre eso. Para mi había algo muy reconfortante sobre encontrar a alguien que entienda la incomodidad de estar todo el tiempo haciendo la valija y que a veces el viaje es más estrés que disfrute.
“Hay un sinfín de bemoles acerca de los viajes largos por trabajo. Tenes que estar fuera de tu casa por un mes, algunas veces sin conocer el idioma en absoluto, sin poder acostumbrarte a nada porque cuando lo haces, lo tenes que abandonar, y sin poder enfermarte porque no conoces como funciona el sistema de salud. Hay un montón de esas cosas que no se ven cuando uno cuenta que viaja por trabajo y las personas romantizan, idealizan la situación” me comentó mientras veíamos que los autos empezaban a salir de boxes, la lluvia había mermado. “Claro que se compensa con el hecho de conocer todo el mundo.” Vi que no le sacaba la mirada a la cuenta regresiva de la pantalla que indicaba el reinicio de la carrera. “No hay nada mejor que poder conocer el mundo”.
Asentí sin pensarlo.
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