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El dueño de la gorra roja - parte 1.1

  • Foto del escritor: Luly Manrique
    Luly Manrique
  • 26 mar 2023
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 10 ago 2023

Parte 1

La fila para entrar al autódromo había sido eterna. Tardé muchísimo más de lo que me hubiera gustado en encontrar un buen lugar, y ahora casi no me quedaba tiempo para apreciar la localidad que había conseguido. Desde donde estaba, se veían perfecto la línea de llegada y la primera curva, esa en la que se definen los lugares decisivos. Quién va a quedar liderando el pelotón de 20 autos después del primer giro era la pregunta clave del domingo. Ya se veían los autos estacionados en sus posiciones de largada y una gran cantidad de personas dando vueltas, algunas eran mecánicos, otras celebridades, y otros equipos de estrategia y pilotos. También se podía ver en la punta de la grilla de partida a los músicos que iban a tocar el himno nacional y a las autoridades que iban a dar inicio al Gran Premio.


Faltaban unos 15 minutos para que empiece la carrera cuando se sentó al lado mío un hombre que venía hablando por teléfono. No podía entender cómo lograba escuchar algo con todo el ruido que había: la gente hablaba toda al mismo tiempo, los motores ya estaban prendidos y se podía escuchar su ronroneo, y en los altavoces del autódromo no paraban de anunciar instrucciones y publicidades de todo tipo. Con suerte conseguías escuchar a quien tenías al lado.


“No puedo mandarlo ahora, no estoy en casa. Te lo mando cuando llego” escuché que decía. Para hacer honesta, gritaba, estaba gritando. “No te escucho nada. No, estoy… no, no te escucho, pero…ugh”. Por la esquina de mi ojo izquierdo vi como miró con disgusto el teléfono antes de guardarlo en el bolsillo del pantalón.


Lo traté de mirar un poco más de reojo. Pude dilucidar que era alto, pero no tan alto porque las piernas le entraban dentro de todo bien en el espacio limitado de los asientos de la tribuna. También pude ver que estaba usando unos Ray Ban que le combinaban con el color del pantalón. Ahora miraba para adelante, pero si estaba mirando un lugar fijo o apreciando el autódromo no podía saberlo. Lo que sí podía ver era que estaba gravemente serio, mismo con los anteojos de sol puestos se le notaba el disgusto en la cara. “Qué bajón” pensé “Venir a ver una carrera y estar con ese humor”.


“Disculpame, pero estas pisando mi campera”


El que me hablaba era al que había acabado de tildar de malhumorado. Lo miré a él y luego a mi pie izquierdo. Efectivamente le estaba pisando la campera, como si ya no tuviera razones suficientes como para estar enojado.


“Perdón” le dije mientras levantaba el pie. Me sonrió con una sonrisa a media asta. Se la devolví con el mismo entusiasmo que le puso él y traté de correrme un poco más para la derecha para que no me pase lo mismo de nuevo o alguna situación similar. Uno nunca sabe cómo puede llegar a reaccionar una persona enojada ante una situación por más inofensiva que parezca. Además, ese día no quería pasar por malos momentos. Volví a mirar a la recta principal y a concentrarme en el espectáculo que tenía en frente.


Había una pantalla gigante justo en frente de la tribuna, ubicada estratégicamente del otro lado de la pista, que mostraba a los pilotos cerrándose el mono ignífugo, colocándose el casco, los guantes y entrando a su monoplaza correspondiente. Ya podía sentir la adrenalina correr por mi cuerpo. Hay un folklore sobre las largadas de las carreras de Formula 1 que es difícil de entender. Los autos son elegantes, las marcas son de renombre, todo es emocionante, rápido, y fugaz. El sonido de los motores lo tengo impregnado en mi piel, es parte de mi como lo es el olor a la salsa de tomate de mi nonna, el olor a la tintorería de mi papá, o el perfume de mi mamá.


Esa era la primera vez que me tocaba vivir en un lugar que tenía un circuito cerca, y debo admitir que ese dato de color sumó muchos puntos a la hora de definir la ciudad a la cual mudarme. Además, el circuito era famoso por sus chicanas y por tener una larga recta perfecta para los adelantamientos. Ya había tenido oportunidades de ver carreras en vivo, con mis padres o mi hermano o amigos, pero esta era la primera vez que me tocaba vivir la experiencia sola. No me sentía rara, y mis planes eran disfrutar la carrera, quedarme hasta el final de todo, salir pacientemente del autódromo y volver a casa a prepararme para arrancar la semana al día siguiente.


El tiempo estaba soleado, pero se podía ver unas nubes de lluvia, negras y espesas, en el horizonte. El viento que empezaba a sentirse con cada vez más fuerza y amenazaba traer las nubes para donde estábamos nosotros. Eso para el campeonato era perfecto, ya que hasta ese momento estaba peleado entre dos pilotos y esa carrera podía llegar a ser clave para meter a más pilotos en la lucha por el primer puesto. Las nubes de tormenta eran un augurio de que podía ser todo mucho más peleado y entretenido de lo normal.


Miré alrededor buscando al vendedor de bebidas. La sed estaba empezando a sentirse y lo mejor era comprar ahora para evitar interrupciones en la próxima hora y media.

“Está acá atrás” me dijo mi nuevo vecino de asiento. Al principio no entendí qué me estaba queriendo decir, pero cuando me di vuelta y vi al vendedor y entendí. “Gracias” le sonreí, pero esta vez mi sonrisa era sincera.


Compré la bebida y algo para comer después que terminara la carrera, podía ocurrir que la vuelta a casa sea muy larga por la gran cantidad de gente que tenía que salir del autódromo. De todas formas, sabía que no iba a poder comer hasta bien pasada la largada, siempre me generaba ansiedad y un nudo en el estómago el momento en que se apagan las luces rojas.

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