La cuarentena del 2020 - 2
- Luly Manrique

- 19 mar 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 27 mar 2021
Martes – 17/3 – Día 2 de cuarentena
Me desperté y lo primero que vi en el celular fue el mensaje de una compañera del laburo contándonos que el director se había comunicado con ella para avisarle que nadie tenía que ir a la oficina y que nos avisará al resto. También vi que el número de contagiados y de muertes aumentaba.
Tuve que volver a acostarme porque tenía un poco de dolor de cabeza. Lo que más me preocupaba en el momento era mi familia. Les mandé mensajes a mi mamá, a mi papá y a mi hermano. Todos bien, gracias a Dios, el universo o a lo que sea que uno cree. La única que me preocupaba era mi mamá porque estaba decidida a volver a trabajar al estudio contable. Una locura dadas sus condiciones.
Mi mamá tiene cincuenta y largos, pero parece una década más chica. Es contadora y tiene EPOC. EPOC como yo lo entiendo es una especie de asma que cuando mi mamá hace ejercicio o se agita, no la deja respirar. Si bien ella nunca se lo tomó como algo grave – porque ella nunca lo trató con su debida seriedad - yo desde el primer momento sabía que ella era parte de los grupos de riesgo y que tenía que asilarse lo antes posible. Para empeorar todo, la semana pasada se resfrió entonces ya estuvo el fin de semana pasado con tos y moco, como con un estado gripal.
Otra complicación es que el miércoles pasado vino mi papá a Argentina desde Brasil. Se quedó el finde y se volvió el domingo. Papá estaba seguro que no tenía nada, pero coincidió que el día que llegó mi papá, mi mamá tomó frío y se enfermó. Entonces cuando el viernes mi mamá se tomó el día para descansar, el jefe de ella le pidió que se haga un análisis para descartar que fuera el virus nuevo ya que sospechaba que mi papá se lo hubiera transmitido. El tema es que no te hacen ese análisis a menos que tengas síntomas graves. Básicamente, no hay tantos recursos. No solo en Argentina, pero en muchos países pasa lo mismo, no se agarran los casos leves; se está propagando muy rápido y no hay un solo sistema sanitario en el mundo que pueda soportar la cantidad de gente que se está enfermando.
Volviendo a lo de mi mamá, ella no se pudo hacer el análisis y como había estado en contacto con mi papá se tenía que quedar en casa aislada. Eso fue el viernes. Yo también tuve contacto con mi papá. Mi papá no vino de un país con riesgo, entonces ¿qué haces? Mi mamá ayer no fue a trabajar, yo sí, tomando recaudos. Mi papá se volvió a Brasil y creo que ya ayer, por las dudas, no salió de la casa.
A la mañana mi mamá consiguió que vaya a verla un médico a casa. Le mintió para eso: no le dijo que estuvo en contacto con alguien que vino de Brasil. Le mintió, la médica fue, le dijo que tenía laringitis y le indicó qué tenía que tomar. Lo extraño es que si mi mamá no le hubiera mentido, hubiera seguido con el cuadro de laringitis ¿y después qué? Sigo sin poder procesar cómo está actuando el sistema sanitario: ¿está actuando bien? Porque una persona puede estar enferma de cosas graves que sí necesitan una visita de un médico, y que no sea por el virus nuevo.
Lo malo es que la médica le dijo a mi mamá qué tenía y descartó que tuviera el virus de moda –porque los síntomas no eran los mismos – pero también le dijo que podía ir a trabajar. Cosa que me puso frenética ya que mi mamá tiene EPOC. Yo no entendía nada, no entendía como una médica no estuviera promoviendo el aislamiento. Definitivamente sentí mucha bronca.
Continué mi día trabajando, pero distrayéndome mucho – demasiado, no le cuenten a mi jefa – tratando de olvidarme del dolor de cabeza que tenía y tratando de no abrir tanto los diarios. Tenía pensado cortar el laburo a eso de las 18 – 18:10, pero mi cerebro se inspiró a las 18:09. Típico. Me obligué a parar a las 18:30. Había planeado arrancar a pintar a las 19:30 y quería tener una hora para escribir.
Por suerte, en algún momento de la tarde mi mamá me escribió avisándome que no iba a ir a la oficina sino que iba a esperar a recuperarse y solamente pasar a buscar la computadora más adelante. Grandioso, entendió. Pero más tarde me escribió si podía ir a la peluquería. Si, leíste bien. A LA PELUQUERÍA. Le dije que no, pero me respondió que yo estaba siendo paranoica, que la chica de la peluquería no iba a atender si se sentía mal. Me di por vencida, que haga lo que quiera.
Todo este tema del virus te lleva a reflexionar un montón. Andan circulando un montón de videos mostrando gente comunicándose por los balcones de los departamentos: desde cantando en conjunto como jugando a la batalla naval. Para mí, en esa búsqueda de interacción con otros es donde más se evidencia el espíritu de comunidad que tenemos todos. Se evidencia que no somos seres aislados, que no nos gusta estar solos por periodos indefinidos, que vivimos en sociedad hace mucho tiempo y que todo eso lo debemos tener impregnado en el ADN (o no, se lo dejo a mis nerds genetistas).
También me lleva a pensar en lo sobre-conectado que está el mundo. Ya empiezo a pensar si no es demasiada la conexión que tenemos con todos los productos y alimentos que van de un lado para el otro de continente a continente. Además ¿nos podemos plantear y repensar nuestra relación con la naturaleza? ¿Podemos empezar a pensar que no la controlamos y que debemos respetar sus límites, tiempos y procesos? Me pregunto también si la humanidad va a aprender de esto, si en el largo plazo las muertes de hoy van a haber valido algo.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, me parece nefasto con su negación al problema. Para ser presidente debería ser un requisito no ser cínico. En Inglaterra, el primer ministro Boris Johnson todavía no cerró los colegios. O sea que no dejan que la gente se junte en lugares aglomerados, pero los chicos, que viven con sus padres y capaz también abuelos, si pueden. Si bien al principio la táctica de Johnson me parecía interesante – que básicamente se basaba en dejar para más “adelante” las medidas más drásticas – ahora me parece un horror.
Es hora de arrancar a pintar.



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